Ficción. Mundos humanos en el corazón.

Portrait of Edmond Maitre (The Reader) Pierre-Auguste Renoir

  Quienes no disfrutan leyendo piensan que los lectores "pasan más tiempo en un mundo irreal" o pueden incluso considerarlos cobardes o irresponsables que buscan huir del mundo y de la realidad. A veces, también quienes disfrutan de la lectura hablan de ella como de una "vía de escape", cosa que no acabo de comprender por mucho que haya quienes lean "para olvidar". No, la literatura -o al menos la buena literatura- no es una droga que anestesia, no es un psicodélico que conduce a ensoñaciones irresponsables. Las buenas historias, incluso las de fantasía o ciencia ficción, más que hacernos olvidar, nos ayudan a recordar.

  Al abrir un libro y pasar sus hojas, cruzamos el umbral no a un mundo paralelo al nuestro, sino a uno que se asemeja a él. Los personajes y aventuras convincentes nos arrastran con fuerza, porque convierten al lector en protagonista. Una mala obra, muchas veces, no consigue atraparnos porque no logra identificarnos con sus héroes, porque no son verdaderos humanos. Por supuesto, no me refiero a una humanidad en la apariencia externa, sino a la identificación del corazón humano: muchas veces encontramos personajes más humanos que nuestros vecinos en forma de extrañas criaturas. Así, por ejemplo, hay miles de monigotes de humanos llenando nuestros libros o nuestras pantallas, hombrecillos que actúan de forma estereotipada, programados como "tipos" y no como personajes. Por eso podemos reconocer muchas cualidades semejantes a nosotros entre las escamas color madreperla de Fújur, el dragón de la suerte de La Historia Interminable, o incluso podemos querer parecernos a seres más nobles como el hobbit Sam.

  En la ficción nos encontramos, nos explicamos a nosotros mismos, como señalaba Ursula LeGuin:

We read books to find out who we are. What other people, real or imaginary, do and think and feel... is an essential guide to our understanding of what we ourselves are and may become.
— Ursula K. LeGuin

Cuando una persona se sumerge en silencio en las páginas de una novela o cuando se siente la única espectadora en una sala de cine, su mente no se escapa a un mundo exterior, sino que se adentra en un mundo posible dentro de su corazón.

 Fragmento de El lector (Monet), de Pierre-Auguste Renoir.

Fragmento de El lector (Monet), de Pierre-Auguste Renoir.

  Leía hace poco que quienes leen tienden a ser más empáticos y es que el buen lector ha tratado a miles de humanos en esos mundos posibles. Y, por supuesto, si ese encuentro se aborda con seriedad, uno aprende a escuchar, a recibir los consejos de esos personajes, a arrepentirse con sus fallos, a tolerar sus defectos. Y también por eso los sabios aconsejan leer obras selectas, es poco el tiempo y muchos los libros:

Lo que conviene es conformarse; conformidad con esa realidad que se nos impone de no leer en este trecho temporal más libros que los que en él se pueden leer honda, fecunda y delicadamente.
¿Que no pueden ser muchos? Pues que sean buenos.
— Pedro Salinas. "Defensa de la lectura", en El Defensor.

¡Cuántas lecciones morales aprendemos acompañando a nuestros héroes antes que en la escuela! No es lo mismo, todos lo sabemos, que tu padre insista en que no debes mentir, a ver a un pobre muchachito leñoso con una inmensa escoba por nariz. Y, por supuesto, también los adultos vamos puliendo el rugoso mármol de nuestro corazón con la vida, los amigos y esos mundos posibles plagados de miles de conocidos.

  Las historias no son una sucesión de hechos, son caminos que buscan nuestros pasos. En las buenas historias, no solo encontramos lecciones, sino que las vivimos, puesto que van creciendo y desarrollándose dentro de nosotros. Michael Ende viajó a muchos mundos y nos ofreció otros tantos, con un manual de instrucciones presentado a Bastian Baltasar Bux, y a nosotros a través de él:

Todos los que estuvieron con nosotros [en Fantasía] aprendieron algo que sólo aquí podían aprender y que los hizo volver cambiados a su mundo. Se les abrieron los ojos, porque pudieron veros con vuestra verdadera figura. Por eso pudieron ver también su mundo y a sus congéneres con otros ojos.
— La historia interminable, Michael Ende.
 

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El buen cine. Vidas de luz y sonido

la misión Cult-Roots

   Siempre explico que el cine tiene el poder fascinante de hacer visible lo invisible, de encarnar sentimientos y decisiones. "El personaje está enfadado", ¿en qué lo ves? "Siente celos", ¿en qué detalle de la película entiendes eso? Me resisto a hacer cinefórums porque normalmente, una buena película no requiere una pregunta externa que interpele al espectador. ¿Qué hace que una película sea buena? Hay muchos factores, pero lo que es seguro es que las buenas películas plantean preguntas ellas mismas, y normalmente lo hacen en silencio.

  Hace años dirigí un cinefórum. La idea planteada era hablar de compromiso a los ideales a raíz de la película Amazing Grace. Decidí cambiar el funcionamiento de la sesión, empezando por el título de la actividad: no haríamos un cinefórum, sino una actividad para aprender a ver cine. No dejé a un lado la temática que se deseaba tratar, pero la traje a colación a raíz de esa magia cinematográfica que supone el encarnar las historias. ¿Qué hace avanzar un relato? Hay historias construidas sobre acciones, otras sobre personajes, pero en ambas la trama se levanta sobre las decisiones del protagonista. Cuando uno estudia los rudimentos de la escritura de guiones, trata sobre conflictos, decisiones, resoluciones, obstáculos... Un detonante pone una situación frente a un personaje, situación que propone una disyuntiva. El personaje se convertirá en el héroe cuando identifique que ha sido llamado a una misión y la acepte. Frodo podía haber escondido el anillo, fin de la película. Wall-E podía haber asumido que la marcha de Eva de la tierra era algo inevitable y entonces habría regresado a sus pilas de basura. Y el protagonista de Amazing Grace podía haberse quejado de la injusticia cometida hacia los esclavos en su blog personal, fin del conflicto. Pero no, se involucran de forma más o menos consciente y se embarcan en una misión.

 El personaje de  Tiburón  ( Jaws , Spielberg, 1975) decide actuar y enfrentarse a sus miedos con un beso.

El personaje de Tiburón (Jaws, Spielberg, 1975) decide actuar y enfrentarse a sus miedos con un beso.

  Compromiso con la misión recibida, ¿en qué se manifiesta? En las decisiones tomadas que se convierten en acciones. Este es el principio de cualquier actuar humano: la persona se dirige a un fin, sopesa las distintas opciones para alcanzarlo, elige la mejor y decide llevarla a cabo. En el buen cine todos esos elementos se nos muestran de forma sutil, igual a como sucede en nuestras vidas. La elección va por dentro, la decisión tiene efecto fuera. ¡Qué gran frustración siente el cinéfilo cuando la película no sabe traducir el conflicto interno en acciones externas y recurre a discursos obvios o grandilocuentes! El hombre comprometido, el héroe que da la vida para alcanzar la felicidad en su misión, jamás expondrá sus miedos en un monólogo bajo la lluvia, ni compartirá sus resoluciones con su mascota.

People don’t always express their inner thoughts to one another; a conversation may be quite trivial, but often the eyes will reveal what a person really thinks or feels.
— Alfred Hitchcock

  Las buenas obras del cine aprovechan su lenguaje propio, no son novelas en movimiento, son tiempo y luz. Hace poco fui a una conferencia sobre cine impartida por una filóloga que no dejaba de afirmar que los teóricos del cine han olvidado el sonido y el diálogo. ¡Nada más lejos de la realidad! El buen crítico, el buen cineasta, el buen profesor, están convencidos de que en la pantalla se encarnan las historias. El cine construye con formas, colores, sonidos y música, diálogos y silencio. Con luz y tiempo. Un zoom hace que un anillo se vuelva inmenso, las voces se alejan y la música y el sonido crecen. Ese anillo se ha convertido en una misión personal, la elección ha tardado un rato, los segundos del zoom, y la decisión es firme aunque todavía tímida: "Yo iré". Un oboe asustado recupera su voz en la selva. Melodía asustada y temblorosa, hay obstáculos y dudas en la elección, pero que continúa cogiendo fuerza y dando carne a la libertad de un misionero. Un niño juega en la noche con su padre, en silencio. Una cara amorosa que busca asustar al hombre le devuelve el valor para lanzarse al mar y atrapar a la enorme criatura. Las mandíbulas del tiburón son terroríficas, los dientes de leche del hijo tienen más fuerza. Y el hombre se lanza al mar sin verbalizar sus miedos ni gritar sus decisiones.

Movimiento de cámara, diseño de sonido y música para dar vida a un acto de elección.

  El cine nos enseña a ser más humanos y menos monigotes. Bueno, solo el buen cine lo hace. Esas películas trazan con delicadeza los senderos de la libertad humana. Miradas que descubren miedos, canciones que trenzan dudas y respuestas, sonidos que conducen al yo a lo más íntimo y lo aislan del mundo, gestos que gritan desesperanzas. El cine, el buen cine, nos asoma al alma humana y nos facilita el poder hacerlo en el día a día. Veía hace poco una entrevista para The Guardian a Jeff Nichols, director de la película Loving, en la que reconocía su intención de dejar espacio al espectador para observar y descubrir el fondo del hombre tras un rostro:

Vivimos en un tiempo en el que el público ha sido educado en la narración visual, y existe la idea errónea de que la narración comienza cuando las personas empiezan a hablar. No es verdad, no lo creo. Cuando las personas entran en la escena, es cuando comienza la historia. Los personajes entran en la habitación con un comportamiento. Y cuando agregas a otra persona, eso se complica. Y el público es tan bueno mirando las caras de las personas y diciendo “¿Es un buen tipo? ¿Es un tipo malo? ¿Cómo están relacionados el uno con el otro? “... Es una herramienta realmente fascinante como cineasta, solo tienes que ejercitarla.
— Jeff Nichols, Entrevista para The Guardian.

  El buen cine confía en esa capacidad que tenemos de captar lo esencial en pequeños detalles. El mal cine piensa que todo ha de ser evidente, que todo ha de contarse y explicitarse. ¡Qué poco humano es ese manoseo de emociones, intimidades y libertades que encontramos tantas veces en la pantalla! Y a la vez, ¡cuánta fuerza tiene ese manoseo que parace ir convirtiéndose en el actuar normal fuera de pantalla! Discursos postizos pasan a las bocas de nuestros amigos, gestos esperpénticos significan un "te quiero" en nuestra sociedad, grandes lágrimas y gemidos quieren significar dolor. Exageraciones inventadas en malos relatos se convierten en realidades, como ciudades de papel que afectan desde la ficción al mundo real.

  Las películas nos educan, limpian nuestras gafas y enseñan a mirar el mundo y al hombre. ¡Qué ingenuidad pensar que el entretenimiento no afecta a lo radical del hombre! Lo que decidimos ver en pantalla nos dará ojos nuevos, más finos o velados por las cataratas. Aprender a ver decisiones y elecciones sin palabras es una lección valiosa.

 

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Relato y espejo. Conocer al hombre en las historias

Psycho, Hitchcock.

  Sé lo que es un cormorán por un cuento que leí siendo niña. Conocí al dios Anubis y al faraón Akhenatón en páginas llenas de ilustraciones. Sé que el río Neva baña la ciudad de San Petersburgo porque caminé por su orilla acompañada de Dostoievsky. Durante mis años de colegio viajé a China, a Alaska, a la Tierra Media. También entendí lo que era un gueto con Spielberg y Schindler, aprendí algo de entomología con CSI y grité en el Coliseo con Russell Crowe. He visto muchas culturas y civilizaciones desde un párrafo impreso y desde unas imágenes en pantalla.

  Lo aprendido, lo leído y visto, forman una maraña densa que me permite mirar no solo desde mis ojos, sino desde los de otros. Frente al televisor que mostraba las luces violentas en la noche sobre Irak no estaba yo sola, Ana Frank gritaba en las páginas de un diario desplazado en el tiempo. Y mientras paseo en primavera y levanto los ojos a los árboles, Malick me devuelve la mirada y me habla del cuidado de un Dios que puso esa luz dorada capaz de atravesar el verde vivo de las hojas. Las gárgolas de las grandes catedrales parecen sonreir y cantar con discreción, como lo hacían en el París de Disney. Y siempre imagino que bajo alguna oveja que pasta en el campo se esconde algún hombre que huye de un gigante cíclope. Pero no solo la visión del mundo cambia por los libros que leemos o las películas que vemos, sino también la percepción del propio yo. ¡Cuánto dicen sobre nosotros los libros que leemos!

Mis libros (que no saben que yo existo) son tan parte de mí como ese rostro de sienes grises y de grises ojos que vanamente busco en los cristales.
— Jorge Luis Borges, El libro de arena.

  Efectivamente, en cada uno de nosotros hay varias capas hechas de eso que fríamente llamamos cultura, capas que permean hasta lo más hondo de nuestro ser y nos dan una base sobre la que construirnos y crecer, capas a las que me gusta llamar raíces culturales. Pero no quiero tratar ahora sobre cómo nos configura la cultura, sino sobre los relatos que funcionan como un espejo que refleja la imagen del hombre. Decía Stendhal que "una novela es un espejo que se pasea por un gran camino", un espejo con muchas facetas, que devuelve fragmentos de muchos hombres distintos, pero en el que cada uno puede verse reflejado. ¿Por qué continúan apelándonos las grandes obras del arte? ¿Qué encontramos aún hoy en los clásicos de la literatura y las grandes películas? Encontramos pequeños susurros, tímidos algunos y otros con seguridad y orgullo, susurros que proponen su personal respuesta a la pregunta "¿Quién soy?", o más bien "¿Quiénes somos?".

  C.S. Lewis, experto pensador de pluma y máquina, aseguraba que los artistas habían de ser gente profunda que hubiera pensado y rumiado la realidad, puesto que en sus obras, de las que muchos beberían, se trasluciría su visión del mundo y del hombre:

The great artist -or at all events the great literary artist- cannot be a man shallow either in his thoughts or his feelings. However improbable and abnormal a story he has chosen, it will, as we say, ‘come to life’ in his hands. The life to which it comes will be impregnated with all the wisdom, knowledge and experience the author has; and even more by something which I can only vaguely describe as the flavour or “feel” that actual life has for him. [...] And we may also—which is less important—expect to find in them [good literary inventions] many psychological truths and profound, at least profoundly felt, reflections.
— C.S. Lewis, An Experiment in Criticism.

  Muchas veces digo, en broma o en serio, que es complicado ser un buen humano, pero por suerte, contamos con historias que nos enseñan en qué consiste eso. Hay mil rincones de nuestra alma que tardaremos en conocer o en aceptar, y muchos se llenarán de claridad junto a un libro o una película. El efecto de un cormorán, de un faraón o un bombardeo en el corazón de una persona es una voz poderosa que hace estremeccer nuestros cimientos más profundos. ¡Cuánto nos ayudan en nuestro propio camino de la vida esas historias y relatos de los que nos nutrimos! ¡Cuánto nos explican sobre esos misterios y reacciones humanas que nos parecen inefables! Muchas veces una breve novela nos sumergirá hasta las profundidades del yo con mucha más potencia y claridad que manuales y manuales de psicología y filosofía.

 El principito de Saint-Exupery, un gran espejo del hombre.

El principito de Saint-Exupery, un gran espejo del hombre.

   Para alcanzar lo más valioso del hombre, las palabras parecen más eficaces cuando sugieren que cuando explican, cuando narran que cuando argumentan. Y las historias, con paciencia, conseguirán domesticarnos y hacernos más humanos si nos sentamos un poco lejos, observamos por el rabillo del ojo y guardamos silencio, ya que el lenguaje es fuente de malentendidos. Y a base de acercarnos a las historias, miraremos el cielo y la tierra con nuevos ojos. Y si seguimos las lecciones de un pequeño zorro, gracias a las historias, aprenderemos a mirar con el corazón y captaremos lo verdaderamente esencial del hombre y del mundo.

  Muchos aspectos de nuestro yo se han formado con palabras leídas, con historias grabadas a fuego en nuestra cabeza y en nuestro corazón. Podemos entender en momentos de duda gracias a esos relatos, a esas vidas ficticias y claras como la luz. Lo comprobamos cuando necesitamos largas explicaciones para poder compartir el dolor ante el adiós de un piloto y un niño de cabellos dorados. O cuando tratamos de convencer a alguien de que correr tanto en la vida es absurdo acudiendo a frías estadísticas y estudios sociológicos, cuando una niña llamado Momo puede logar que lo comprendas guardando silencio. Las historias son un reflejo del hombre, un reflejo del que no podemos prescindir.

 

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Cine. El pasado atrapado en la luz.

El espíritu de la colmena, Erice. Cult-Roots

  Este artículo de Álvaro Abellán en Dialogical Creativity sobre las lecciones de cine de Tarkovski llegó a mi mail hace tiempo y ha avanzado hasta una región profunda y olvidada de mi interior. Cine y tiempo. Las reflexiones del cineasta ruso han levantado una costra de tedio académico hasta tocar carne viva, hasta tocar la fibra sensible de mi pasión por el cine. Tras páginas y páginas que piensan y repiensan sobre esta forma de arte, la chispa primera de amor quedó desdibujada, cayó en el olvido. Pero, por suerte, pasado un tiempo prudencial, dos palabras -cine, tiempo- han soplado sobre aquel rescoldo, avivando un poco el calor olvidado. Hay por ahí una tesis y algunos artículos, aquello sepultó parcialmente las brasas bajo capas y capas de citas y rigorismos académicos. Como en Pompeya, trato ahora de quitar la roca, de volver a dar vida al cuerpo que una vez corría gritando de emoción.

  Me apasiona el cine, me mueve a viajar entre tiempos pasados y sueños futuros. Recuerdo haber vibrado en la infancia con las buenas historias de la pantalla, recuerdo películas vistas a escondidas en mi adolescencia y, ante todo, tengo clavadas en mí esas horas de cine clásico durante el primer año de mis estudios de doctorado. Cuando empecé a barajar la posibilidad de hacer una tesis, dos palabras pugnaban por mi estudio y mi interés: tiempo y relato. ¿De dónde nacen las buenas historias? ¿Qué semillas literarias han dado infinitos frutos en diversas formas? ¿Qué hace que un relato sea bueno? La curiosidad intelectual por la lectura y el cine habían disparado mi ilusión por buscar esas respuestas teóricas, sin embargo un pequeño afán de coleccionista me lanzó a la búsqueda del tiempo. Una postal con una fotografía antigua despertó mi imaginación y bajo las mil historias que creé, permanecía una inquietud: esas personas de la imagen existieron y ya no existen más. Esas personas me miran desde el pasado y yo las conservo congeladas en mi escritorio.

  Fotografía y tiempo, cine y tiempo. En mi adolescencia quedó impresa en mi mente una escena de El club de los poetas muertos: unos jóvenes observan las viejas fotografías de los antiguos alumnos de su escuela. "Seize the day, boys", susurra su profesor en la voz de esos espectros que nos devuelven la mirada a través de una placa fotográfica. No sé si aquel profesor o aquellos chavales leerían a André Bazin, pero la imagen arrancada al correr del tiempo, la imagen embalsamada de la que habla el crítico francés, lanzó sus hilos y atrapó al artista de la promoción. La fotografía y el cine tienen poder de eternidad, el cine pensado camina en la estrecha y decisiva línea que separa el hoy del ayer y del mañana: "Make your lives extraordinary!".

   Por primera vez en la historia del arte y de la cultura, el ser humano encontró el modo de fijar el tiempo de manera inmediata, consiguiendo a la vez reproducir, cuantas veces desease, ese instante sobre la pantalla, es decir, volver a él». Con el cine, el cambio se momifica y la oportunidad de volver a ese tiempo pasado deja una honda huella en el alma. Si has visto las películas de Chaplin y consideras al cómico como un amigo, sufrirás al asomarte a Candilejas. Esa película juega con distintos tiempos, no en la narración, sino en el contexto del espectador. Chaplin da vida a un payaso que ya no divierte, y llora por aquel pasado en que la gente reía con él. Nosotros vemos más allá de la ficción y lloramos porque Chaplin dejó atrás esos momentos de gloria del cine mudo. Una melancolía desgarradora sale de la pantalla y busca arrancar las manillas del reloj, para devolverlas a un ayer desaprovechado. No solo el cine documental, que juega con la imagen conociendo ese poder de confundir y reunir en un punto (el corazón del espectador) todos los hilos temporales, consigue crear nudos imposibles de deshacer.

 El pasado atrapado y gritando desde la pantalla de cine en  Candilejas  de Chaplin.

El pasado atrapado y gritando desde la pantalla de cine en Candilejas de Chaplin.

  Esa lucha entre tiempos fue el elemento que secuestro mi fascinación al descubrir la obra de Alan Berliner y al conocerle en persona. Sé que casi nadie de quienes lean esto sabrán quién es Berliner, y muy pocos veréis una de sus películas documentales, pero son una maravilla en la que el arte, la música, los recuerdos y el fluir temporal luchan en cada corte, en cada imagen antigua, en cada nexo creado. Sus películas me lanzaban a escribir y pensar sobre el cine, sobre la memoria, sobre esos fantasmas que nos observan desde la pantalla y que también veía Gómez de la Serna:

Los que van al cine se alimentan de fantasmas pasados por la luz.
— Gómez de la Serna, Greguerías.

  El cine revive fantasmas del pasado. Les da nueva carne, nueva vida. Muertos vivientes paseando por las calles, vivos con años de tierra sobre ellos. Y si, como Orfeo, uno intenta rescatar a seres de la otra orilla del río de luz y tiempo, fracasa. Pasado, presente y futuro se entremezclan, elevando al espectador confiado a esa zona de incertidumbre y eternidad que llena de tristeza o da alas de esperanza. El cine no es sólo un entretenimiento, es un viaje por el tiempo, es una aventura peligrosa.

 

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Diálogo y conversación. Cultura del pasado, tarea del presente

 Conference at night. Edward Hopper, 1952.

Conference at night. Edward Hopper, 1952.

  Nuestras raíces proyectan largas sombras del pasado sobre nuestra identidad presente. La cultura, esas huellas impresas en el tiempo por personas, sucesos y decisiones del pasado, es el cimiento sobre el que construímos nuestro presente y, por eso, es el centro de atención de Cult-Roots. "¿Por qué tanta cultura? ¿Qué importancia tiene eso ahora? ¡Hay cosas del hoy que requieren nuestra atención!", podría exclamar el lector de estos artículos. La cultura, es cierto, no ha de convertirse en fin, pero es importante reconocer su valor como medio para construir una vida plena para uno mismo y para la sociedad. Identidad personal y pasado cultural, sí, pero también cultura del pasado, tarea del presente.

  La cultura no es solo un conglomerado de datos o experiencias del pasado, es un gran modo de acercarse a los intentos de millones de personas por comprender ese misterio que es el alma humana. Las preguntas que estructuran esta web (¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy?) resuenan con un eco de millones de voces. Esa búsqueda del sentido mira tanto al ayer, como al hoy y al mañana. La cultura no brinda soluciones, ni respuestas a todos esos interrogantes todavía vivos en el hombre, pero ofrece experiencias acumuladas que toca a cada uno considerar. Escuchar esas voces del pasado es uno de los modos que tenemos de cultivar nuestro espíritu, tarea de gran relevancia, ya que

Nuestro espíritu, como nuestro cuerpo, requiere un ejercicio continuado, se atrofia si no lo cultivamos.
— Igor Stravinsky, Poética Musical.

  Pero ese ejercicio no sería de provecho si se limitara a un simple consumo. El que acumula contenidos del pasado, con afán de coleccionista o falso erudito, no hace mas que comer sin alimentarse. Y para hacer nuestra esa sabiduría pasada es necesario absorberla, meditarla, vivirla. Solo así, dará lugar a un saber profundo de lo que es el hombre, de lo que ha de hacer, conformándose en una verdadera cultura humanista al servicio de las inquietudes presentes y los proyectos y retos futuros. "El hombre es hijo de su pasado mas no su esclavo, y es padre de su porvenir”, afirmaba Viktor Frankl. La cultura nos conforma, está en nuestras raíces personales, pero no nos determina; y por eso decía Baltasar Gracián que

Sobre los favores de la naturaleza asienta bien la cultura, digo la estudiosidad y el continuo trato con los sabios, ya muertos, en sus libros; ya vivos, en su conversación; la experiencia fiel, la observación juiciosa, el manejo de materias sublimes, la variedad de empleos; todas estas cosas vienen a sacar un hombre consumado, varón hecho y perfecto; y conócese en lo acertado de su juicio, en lo sazonado de su gusto; habla con atención, obra con detención; sabio en dichos, cuerdo en hechos, centro de toda perfección.
— Baltasar Gracián, El discreto.

  El trato con los muertos a través de sus libros ya ha sido tratado aquí en varios artículos (al tratar de los autores con quienes labraríamos amistad o al hablar de un flujo de conocimientos que supera la barrera temporal), dejando un amplio vacío sobre esa otra etapa de la que habla Gracián, del trato con los vivos. Sí, el espíritu creador necesita del amigo, pero cualquier hombre, para que crezca, requiere de la escucha atenta y el diálogo profundo. Ese baile de palabras, brotadas del espíritu y protegidas por la gramática, se convierten en un impulso amable que conduce -de nuevo- a esas preguntas universales.

Es el hablar atajo único para el saber: hablando los sabios engendran otros, y por la conversación se conduce al ánimo la sabiduría dulcemente. [...] De suerte que es la noble conversación hija del discurso, madre del saber, desahogo del alma, comercio de los corazones, vínculo de la amistad, pasto del contento y ocupación de personas.
— Baltasar Gracián, El criticón.

  La buena conversación ayuda al desarrollo de las propias ideas, a sembrar nuevos brotes que hacen más hermoso el propio espíritu y a dar frutos provechosos para todas las partes implicadas. Las grandes generaciones de literatos o artistas solían frecuentar ambientes que propiciaban el intercambio constante -más o menos formal- de ideas elaboradas y compartidas. El diálogo sincero descubre, en muchas ocasiones, maravillosas luces que no habrían sido alcanzadas ni elaboradas en soledad.

 Hemingway en la librería parisina Shakespeare & Co.

Hemingway en la librería parisina Shakespeare & Co.

  Escuchar, asomarse al mundo desde la mirada del otro. Eso a lo que un amor por la literatura y el cine ya nos predispone, tiñe el espíritu con los colores propios de la humanidad. Y así como David Copperfield puede abrirme al mundo de un huérfano, una conversación con quien ha perdido a sus padres arroja luces y sombras más densas en el interior del propio corazón. Dice C.S. Lewis, en boca de un viejo demonio con gran experiencia tentadora, que

The Present is the point at which time touches eternity. Of the present moment, and of it only, humans have an experience analogous to the experience which our Enemy has of reality as a whole; in it alone freedom and actuality are offered to them.
— C.S. Lewis, The Screwtape Letters.

  El presente es lo más real que tenemos. En el hoy decidimos actuar de forma más humana, en el ahora unimos nuestro bagaje cultural a nuestras aspiraciones futuras. Y para llevar la contraria al viejo Escrutopo, y no acabar sirviéndole de alimento, hemos de nutrirnos del pasado, impulsarnos con el futuro y agarrar el hoy con decisión. La cultura nos hace más humanos, la cultura está en mi identidad, pero aceptarla y aprovecharla es tarea del presente y, como me confiaba en una conversación James Nachtwey, en el ahora, en tan solo un nanosegundo, mi elección y actuación puede mover el mundo.

 

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Identidad personal, pasado cultural

typewriter Cult-Roots

  ¿Quién soy? Who am I? Cuando nos encontramos en un momento de cambio o de crisis en nuestra vida, solemos confrontarnos con esta pregunta. Y en mi mente, no puedo desligar ese cuestionarse íntimamente de la imagen -y la música- de Les Misérables. Jean Valjean ha pasado años en prisión, no es más que un número, hasta que alguien ve en él algo de aquel pasado, o más bien algo de la profundidad de su alma. Valjean ya no es "alguien más", un ser anónimo... No, ahora tiene un nombre y un apellido, una identidad. 

   Pero así como ese sabio hombre de Dios intuye la grandeza que se esconde entre andrajos y gestos duros, Jean ha de mirar su vida de nuevo, desde fuera y desde dentro. Así, también nosotros nos enfrentamos muchas veces a cierta incomodidad con la propia existencia o las personales circunstancias. Nos rebelamos contra el tiempo, la sociedad, contra mi lugar en el mundo... Y entonces necesitamos "encontrarnos", pararnos y reflexionar, enfrentarnos a preguntas incómodas tratando de vislumbrar la propia luz. Buscaremos, entonces, aquello que nos identifica, lo que nos hace únicos, distintos y exclusivos: mi yo más íntimo y propio.

  En esa búsqueda tenemos el peligro de llevarnos por el vocablo más repetido en la publicidad: ¡nuevo! Cuando lo presente nos incomoda, podemos buscar la salida de la novedad, tratando de configurar un nuevo yo según el contexto variable. ¡Cuántas veces dejamos de lado nuestras raíces y pensamos que son solo un estorbo! Sin embargo, nunca podremos saber quiénes somos -ni serlo- si no reconocemos el modo en que nuestras raíces personales y también culturales han hecho que seamos nosotros mismos.

  Además de la propia historia personal, vivimos en un mundo maravilloso, con cimientos ya clavados en tierra. ¡Qué diferente el hombre que vive aislado en un mundo por construir, de aquel otro arropado por años de historia, filosofía y arte!

 Zola y sus raíces culturales.  Portrait d'Émile Zola  de Édouard Manet (1868) .

Zola y sus raíces culturales. Portrait d'Émile Zola de Édouard Manet (1868) .

  En el colegio aprendemos más o menos historia, más o menos filosofía, literatura, arte, ciencia... Podemos ver lo que ampliamente llamamos cultura como una losa antigua que estudiamos, como una huella de un pasado que poco tiene que ver con nosotros. ¡Nada más lejano de la realidad! La cultura es la tierra en que crecemos y de la que nos nutrimos, es la raíz que nos sostiene y que nos permite alzarnos erguidos y dirigirnos al sol. La cultura es un fundamento, mi origen y mi contexto.

Detrás de nuestra voz, resuena el fondo polifónico de otras muchas voces que hablan a través de nosotros y de las que somos deudores.
— Mijail Bajtin

  Esa deuda de la que habla el autor ruso es una que algunos consideran gravosa, pero que es nuestro tesoro más preciado. Somos seres sociales y debemos nuestro ser, y nuestro ser de tal modo, a muchas personas. No solo a nuestro círculo más próximo -familia, amigos, profesores-, sino que también tenemos que descubrir y reconocer en nosotros muchas influencias de gente que no conocemos o que murió hace mucho tiempo. Nos gusta sentirnos únicos, independientes, libres de toda influencia, pero da una mayor libertad conocer nuestra verdad: que somos pequeños contenedores con forma propia, pero en los que se han volcado años y años de historia, filosofía, de arte...

 Si vas a la raíz de tu actuar y de tu pensar, te encontrarás con muchas personas que no esperabas. A algunas les reconocerás una victoria no deseada, pero, aunque nunca lo reconozcas, si eres sincero habrás de agradecer a muchas otras con quienes quizás disientes por todo lo que te han dado. Recuerda, no somos seres aislados en una cueva, somos hombres sociales, con una historia de la humanidad que nos sustenta y nos conforma.

Identidad y pasado cultural Cult-Roots
 

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Amistad. Las alas de la persona creativa.

Etruscan Friends @mariadelrincon
Eres un genio Will, eso nadie lo niega. Nadie puede comprender lo que pasa en tu interior. En cambio, presumes de saberlo todo de mí porque viste un cuadro que pinté y rajaste mi vida de arriba abajo. ¿Eres huérfano, verdad? ¿Crees que sé lo dura y penosa que ha sido tu vida, cómo te sientes, quién eres, porque he leído Oliver Twist? ¿Un libro basta para definirte?
— De la película El Indomable Will Hunting

  Si has visto El indomable Will Hunting, esta reprimenda a un joven inteligente, pero demasiado orgulloso, te sonarán familiares. Y si, efectivamente, has visto la película, probablemente hayas deseado tener cerca a alguien como el personaje de Robin Williams, capaz de reconducir las potencias de un joven rebelde hasta tratar de sacar de él lo mejor. El personaje sabe distinguir la experiencia que podemos sacar de las obras artísticas de las del encuentro con la propia persona y reconoce que, a pesar de tener una amplia cultura y experiencia, cada persona es un mundo. Una idea vaga y general, pero que refleja un asombro y admiración profunda por cada persona en concreto, con su nombre y sus apellidos. Y en el caso de Will Hunting, ve en el muchacho una profundidad más honda que su actuar rebelde, que su fachada dura y su inteligencia deslumbrante. Y no solo lo ve, sino que se coloca a su lado, dispuesto a ayudarle con su amistad.

  Los grandes genios creativos son aquellos que después de haber profundizado en el mundo y el hombre lo comparten desde su peculiar visión. Pero, como afirma Maria Popova, existe un gran riesgo en el ámbito de las relaciones personales con una profunda resonancia en el plano cultural: el temor a compartir las cosas que nos son más preciadas e íntimas. La chispa de luz del artista es, frecuentemente, encerrada en lo más profundo del alma, con cierto temor a que alguien destruya o critique ese brillo que parece dar vida al creador. La idea innovadora es juzgada con severidad excesiva por el propio pensador que puede engañarse sobre la profundidad y trascendencia de aquella novedad intelectual o expresiva. Por eso, la amistad tiene una fuerza incalculable. El amigo que escucha y apoya nuestras ideas tiene un efecto inesperado, inconmensurable, pues no solo ayuda a su compañero, sino que quizás, sin saberlo, actúa como la piedra que cae en agua generando ondas más y más grandes. Dice Popova, en un fabuloso artículo en su web sobre la correspondencia entre Darwin y su amigo Joseph Dalton Hooker, que la amistad es un pilar de la cultura:  

The more I live, the more convinced I become that great friendships are the heartstrings of creative culture, the wings that lift artists, scientists, and dogma-disruptors above the cesspool of criticism, contention, and indifference with which every groundbreaking creative act is first met.
— Maria Popova, en brainpickings.org

El buen amigo -no hay amigo que merezca ese apelativo y que no sea bueno- mira dentro del alma del otro y acepta con amor todo lo que ahí encuentra. Y precisamente esa aceptación desinteresada y sincera es la que conduce a una creciente intimidad compartida que confía incluso esas ideas guardadas con temor en los pliegues más recónditos del corazón. Las críticas y observaciones extrañas son comprendidas por el creativo como un ataque, como un golpe dirigido a mermar fuerzas, a cortar las alas; mientras que si vienen del amigo, son clavos que ayudan a elevar y reforzar.

 Fotograma del documental  First Cousin Once Removed  de  Alan Berliner .

  La amistad es creativa, ya que del trato confiado entre dos personas que se miran y se conocen, que se aceptan como sony que comparten y comparten y comparten. ¡Qué conversaciones mantendrían Tolkien y Lewis sobre sus libros, sus ideas y sus vidas! Y es que el diálogo amistoso me permite conocer más y conocerme mejor. Una idea surgida en la interioridad de una persona, adquiere nuevos impulsos o brillos distintos, cuando se ha expresado y compartido con el amigo. Esa idea adquiere una nueva vida, protegida con cariño por el amigo. Los mundos fantásticos de Narnia se encontraron con la Tierra Media junto a unas cervezas o unas tazas de té, y seguramente se hicieron más grandes y majestuosos en ese trasvase de tierras y aguas. Si uno lee relatos biográficos sobre los dos autores ingleses, descubrirá una amistad profunda y capaz de leer las creaciones mutuas desde el alma del otro. Tolkien desconfiaba de su capacidad, se enfrentaba a un mundo que, en ocasiones, le parecía sombrío y peligroso como su propia alma. Lewis tenía la fuerza y el arrojo, el brío, que quizás necesitaba Tolkien. Y Tolkien tenía la fe y la esperanza que empapó a Lewis. Y es que los amigos dan volumen a la propia personalidad.

Tener un verdadero amigo es también como mirarnos en un espejo que devuelve algo más que la simple reproducción de la propia imagen. Mirarnos en un amigo es encontrarnos a nosotros mismos vistos desde fuera y con mayor perspectiva, pero con el cuidado y el cariño con que nosotros mismos pondríamos al mirarnos. Me gusta como lo decía Julián Marías: “A través del otro, los amigos se enriquecen y perfeccionan, se descubren e interpretan. Se podría decir que , al ver al otro, cada uno de ellos aprende a conocerse”. A través de la amistad, un amigo ayuda al otro a encontrarse a sí mismo, a saber de verdad quién es, y a atreverse a serlo.
— Ana María Romero, La innecesaria necesidad de la amistad.

Llegar a ser quien uno es, no es tarea sencilla sin amigos. Ni Darwin, ni Joyce, ni Tolkien tendrían de sí mismos una imagen de grandes creadores, de personajes que pasarían a la historia. Necesitaron un amigo a su lado que los viera así. Uno ve su propia alma con cierta hipermetropía, acentuada por un astigmatismo crónico en el caso de los artistas y creativos. El amigo, desde fuera y a la vez desde muy dentro, puede captar esos detalles desenfocados a mi retina. Ve las luces, ve las sombras y ve las batallas. A través de diálogos y silencios, el amigo consigue ver el relieve de las nuevas ideas, y movido por el amor que une al amigo, apuesta por ellas. El amigo -ciego que ayuda a otro ciego, según Santiago Kovadloff- se convierte en guía y mentor del creador, ofreciendo al mundo un tesoro.

Que un amigo me conozca no solo significa que está al tanto de lo que le he contado de mí. Significa, ante todo, que frecuenta el laberinto en que consisto. Ninguno de mis prejuicios, ninguno de mis temores - fundados o no-, ninguna de mis pobrezas, escapan a su discernimiento. Sabe de mí, muchas veces, más que yo. Ve en mí lo que no veo. Lo que no alcanzo a ver. Y viceversa, por supuesto. Nos rige la reciprocidad de los que se saben complementarios. Somos, en este punto, ciegos que se ayudan uno al otro a atenuar la penumbra en que vivimos.
— Santiago Kovadloff, "El corazón de mis amigos es mi casa", en La Nación.
 Salvador Dalí, Federico García Lorca y Pepín Bello en la Residencia de Estudiantes de Madrid.

Salvador Dalí, Federico García Lorca y Pepín Bello en la Residencia de Estudiantes de Madrid.

Los amigos se complementan, y la historia del arte y la literatura nos lo demuestra constantemente. Gaugin y Van Gogh, Tolkien y Lewis, Lorca y Dalí, Fitzgerald y Hemingway, Erasmo y Moro, Spielberg y Lucas... Resulta fascinante comprobar los círculos de amistades de intelectuales, innovadores y artistas. Cerca de un artista suele haber otro, y si se continúa tirando de los hilos, más y más gente creativa anda cerca. Las reuniones de literatos en los colleges británicos dieron sus frutos en forma de libros y mundos que continúan vivos, del mismo modo en que el arte y la ciencia española germinaron en los pasillos y sillones de la Residencia de Estudiantes de Madrid y las contemporáneas ideas innovadoras se gestaron en aulas universitarias americanas. Nuestra vida, lo sabemos, no es un verso suelto, sino parte de una composición que la perfecciona. "Otras vidas, otras voces, llenan mi vida", dice Alejandro Llano, animando a los estudiantes a descubrir ese tesoro de la amistad. Y son esas otras voces, las de los amigos, familiares, maestros y estudiantes, las que aportan notas vibrantes a mi vida; las que convierten las líneas melódicas de mi vida en una brillante composición polifónica.

 

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Creación artística, la Gran Búsqueda

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 La cultura está en nuestras raíces. En mi último artículo -La cultura, tus raíces- decía que la palabra cultura trae consigo una resonancia a obras que han superado la barrera del tiempo, interpelándonos y configurando nuestro modo de comprender el mundo. Reconozco que para mí la cultura es, principalmente, alimento, cultivo de mi espíritu, pero hablar de cultura y no hablar de creación sería como afrontar la realidad desde una óptica reducida. Y es que ¿cómo beber del profundo y refescante pozo de la cultura si no hay quien lleve el agua hasta allí?

  Últimamente he podido leer varios artículos orientados a escritores en Medium. Esa plataforma, que busca ofrecer una plataforma de textos cuidados e interesantes, se ve inundada en ocasiones de articulistas ávidos de remuneración. Tanto en esa plataforma como en los cientos de blogs orientados a escritores, se pueden encontrar recetarios para quienes aspiran a vivir de la palabra escrita: auto-ayuda para superar los miedos del escritor y convencerse de que cualquiera puede ser escritor, artículos que elogian la abundancia diaria de palabras escritas, trucos para generar títulos con tirón... Reconozco que algunos de esos artículos son muy interesantes, pero me cuestiono si esta cultura del "escritor atormentado a quien no se le reconoce su valía" aporta algo. Me genera una especial inquietud el hecho de recomendar escribir un artículo diario sí o sí. ¿Cuál es la finalidad de esos textos sino el simple hecho de ser un ejercicio de escritura? Comprendo que quien adopta esa actitud no busca hacer arte, sino más bien vivir, pero no deja de incomodarme el uso continuo de términos grandilocuentes para referirse al propio ejercicio y práctica de la escritura.

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  Esa invitación a escribir por escribir me conduce a cuestionarme acerca de la finalidad del arte. ¿Por qué o para qué crear una obra literaria o artística? Si la contemplación de la obra de arte se convierte en un diálogo con la belleza o con los autores, ¿qué es lo que busca el propio creador? ¿Qué conduce al artista a crear una obra? Acabo de leer un breve libro que recoge varias conferencias de Josef Pieper sobre arte, Only the lover sings: Art and Contemplation. El autor explica que la contemplación es una actividad mediante la que tocamos remotamente el núcleo mismo de la realidad. Pieper asegura que hay distintas formas de alcanzar esa contemplación de las raíces y los fundamentos de las cosas, entre las que se encuentra la creación artística. El autor explica entonces, en el ensayo Trabajo, tiempo libre y ocio,  qué es lo que los artistas hacen:

El artista no presenta una copia de la realidad, sino que hace visible y tangible mediante palabras, sonidos, colores o piedra, las esencias arquetípicas de todas las cosas, ya que él ha sido privilegiado con la capacidad de percibirlas.
— Josef Pieper, Only the lover sings: Art and Contamplation.

 Leyendo esta explicacion de Pieper, ese ejercicio esforzado por crear algo deja de tener una relación directa con el misterio profundo del arte. El verdadero artista es el que comparte algo que él ha visto, el que habla sobre algo que él conoce. De forma expresiva, Pieper afirma que para poder crear, antes se requiere una nueva forma de mirar, una capacidad de ver más allá de lo que ve la mayoría de personas. Y es aquí donde entran en juego las Musas. Ellas no arrebatan al artista hacia una creación que brota como un impulso, sino que hacen recordar al artista la luz que una vez captaron:

No hemos de considerar las musas como seres que «se acuerdan». Antes bien recuerdan a otro, al artista, quien está de este modo en condiciones no sólo de acordarse sino de recordar a su vez a otros. Y a quien pregunta qué se evoca en el recuerdo se le puede anticipar la respuesta de algún modo obvia de que ambos, quien se acuerda y aquel a quien se recuerda algo, apartan su atención de lo que «ahora» importa y está a la vista. [...] Se tratará de algo que, en razón de su «otredad», se nos olvida y«escapa» fácilmente, pero que, para que se pueda seguir hablando de una existencia verdaderamente humana, no debe ser olvidado.
— Josef Pieper. "Tres charlas en el estudio de una escultora", en Only the lover sings.
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Josef Pieper

"Antes de poder expresar algo en forma tangible, el artista necesita primero ojos para ver".

 El artista, afirma Javier Gomá, se siente llamado a crear una obra por la fascinación que intuye en ella antes de crearla, no por la obra en sí, sino por la perfección que ésta aporta al mundo. Esa intuición previa, ese recuerdo, no son más que una mirada profunda a la belleza que escapa de distintos modos de nuestro propio mundo. El artista, asistido por las Musas o ayudado por una visión profunda, percibe realidades brillantes en el mundo y en los hombres y, tras haberlas gustado y amado, desea potenciar ese brillo compartiéndolo. El verdadero artista, ese de cuya obra beben personas de todos los tiempos, lejos de sentarse delante de un cuaderno vacío o de un lienzo en blanco con ánimo de ejercitar su creatividad, es el que desea sacar de su imaginación o de su memoria, una realidad que merece la pena tener vida propia. El artista observa, reflexiona, dialoga y después crea. La fascinación ante algunas realidades le llevan a poner en juego sus capaciades de creación artística, con la ilusión de poder capturar alguno de los destellos aprehendidos, como expresaba William Faulkner:

The writer is so interested — he sees this as so amazing and you might say so beautiful… It’s so moving to him that he wants to put it down on paper or in music or on canvas, that he simply wants to isolate one of these instances in which man — frail, foolish man — has acted miles above his head in some amusing or dramatic or tragic way… some gallant way.
— William Faulkner, Entrevista en la Universidad de Virginia.

 Por supuesto que esa fascinación por la realidad no siempre dará lugar a creaciones de corte realista. El arte movido por una intención formalista también busca ese brillo misterioso del mundo y también lo hacen la fantasía y la ciencia ficción que parecen crear mundos propios. Tolkien, maestro creador de mundos, sabía que su tarea era una labor de co-creación, y entendía su arte como una exploración constante de las realidades más profundas de nuestro mundo: 

The most important part of what art does is search for, capture, and offer up to view the three verities: Goodness, Beauty and Truth. This is the High Quest of art. [...] This is my calling, buy it is the same for anyone else who dares pick up pen, or brush or leotard.
— J.R.R. Tolkien, Entrevista recogida en Tolkien, A celebration de Joseph Pearce (ed.).

 La creación artística es, por lo tanto, un eco de la Humanidad tratando de encontrar significado a la realidad, una búsqueda insaciable de verdades escondidas, de misterios inefables, de tesoros inabarcables. Una búsqueda de aquello que, estando en el mundo, lo trasciende y nos recuerda que ese misterio es lo que nos hace puramente humanos.

 

La cultura, tus raíces

Sorolla @IngridRibas

  Piensa en cultura, ¿qué es lo primero que viene a tu mente? Efectivamente la palabra cultura parece venir ligada a imágenes polvorientas, páginas de papel áspero y macilento y olor a cerrado. Cultura: cuadros con marcoso rococó colgados de muros cubiertos de seda, piedras desgastadas y porosas en lugares insospechados, viejos vinilos de compositores con pelucas empolvadas. Cultura: tapices raídos, salas de museos en las que tan solo se escucha el paso lento y solemne de hombrecillos que susurran, gruesos volúmenes inútiles. No sé por qué, pero parece que eso es la cultura para nosotros. Y es una pena.

  No podemos acercarnos a esa realidad tan solo desde el respeto solemne y frío que da la distancia y la autoridad, merece la pena acariciar la cultura como haríamos con un viejo álbum fotográfico familiar encontrado en un baúl misterioso del ático de nuestra casa. Esa fascinación y emoción que producen las historias que escuchamos a nuestros abuelos, esa veneración delicada con la que miramos las fotos en que nuestros padres eran más jóvenes que nosotros.

  Me gusta ver la cultura, las obras de la cultura, como un conjunto de creaciones que dan lugar a los firmes pilares sobre los que se sostiene nuestra vida, nuestra Historia. Es difícil plantear un análisis o una reflexión sobre la cultura si no se juega con el misimo significado de la palabra. Siempre he concebido la cultura como una realidad vinculada a mis raíces personales y sociales. Ese vocablo trae a mi mente imágenes de artistas, de literatos, de películas, historias fascinantes que han superado la barrera del tiempo y el espacio, obras que interpelan y que explican al hombre. Hace poco, una amiga me hablaba sobre la serie televisiva Seinfeld y me comentó que ese programa había configurado "su sentido del humor y su cultura". Me encantó descubrir su comprensión de la cultura: un conjunto de obras que contribuyen a conformar nuestra manera de mirar y de entender el mundo. La cultura, así entendida, comienza a vislumbrarse como algo vinculado a lo social y a lo personal.

 Fotograma del documental  First Cousin Once Removed  de  Alan Berliner .

Fotograma del documental First Cousin Once Removed de Alan Berliner.

  Sin embargo, emplear la palabra cultura puede resultar ambiguo o confuso, porque a nadie escapa que frecuentemente relacionamos el término con otros contextos. Cuando decidí lanzar la web Cult-Roots, hice un análisis de otras páginas y blogs sobre cultura. Descubrí que la mayor parte de los contenidos sobre cultura tenían que ver con eventos culturales: estrenos de películas, nuevas publicaciones de libros, exposiciones, producciones escénicas y musicales. El segundo contenido con más resultados, siguiendo a la "actualidad cultural" es el vinculado a cuestiones etnográficas o sociológicas. Yo buscaba algo distinto. ¿Qué es común a esos eventos programados o a esos grupos sociales? Un legado que proporciona una forma simiilar de comprender el mundo y la sociedad, y a sí mismo. Por eso Cult-Roots parte de una comprensión de la cultura como algo que se encuentra en nuestras raíces, la cultura es nuestro pasado.

  La palabra cultura está vinculada a una forma metafórica de comprender el conocimiento y la formación de la persona, como algo similar al cultivo. Séneca afirmaba que la filosofía era el cultivo del alma. Y como explica Juan Luis Lorda, esa comprensión de la filosofía hacía referencia a la comprensión de la vida, a un saber profundo sobre lo que el hombre es y debe ser. Así, la filosofía se entiende como cultura y humanismo, conocimiento y tarea. Las múltiples capas de creaciones artísticas e ideas compartidas sobre el mundo que se amontonan en mi pasado me permiten abordar la realidad desde una perspectiva propia. Así, cada uno se enfrenta al mundo desde un conjunto de costumbres y conocimientos que, si los estudiamos y hacemos propios en profundidad, nos permiten ver más allá. La cultura, como afirma Javier Gomá en un artículo publicado en La Vanguardia,

no es algo que nosotros veamos sino precisamente la condición de posibilidad de la visión, aquello que, siendo invisible para nosotros, nos faculta para ver las cosas, incluyéndonos a nosotros mismos.
— Javier Gomá, ¿Qué significa hoy la palabra ‘cultura’?

  La cultura, por lo tanto, apela a ese conocimiento o modo de expresar las inquietudes propias del hombre a lo largo de la historia. Tener cultura es conocer y entender esas huellas dejadas por quienes nos precedieron y decidieron dejar un legado para el futuro. Esa cultura va más allá del simple acopio, de la colección pedante de datos; es un conocimiento que sirve como medio, un conocimiento que dispone hacia el otro formando en el hombre una red de imágenes, ideas y expresiones que le hacen capaz de comprender quién es y quién es el hombre.

  Quiero explicar este conocimiento a través de un ejemplo. Hace unos meses hablaba con una amiga sobre Kierkegaard. No recuerdo haber estudiado su filosofía ni en el colegio ni en la Universidad, pero la cultura me permitió situarlo en su marco histórico y social propio. Me resultaron comprensibles sus planteamientos y cuestiones trayendo a la mente las ideas que podrían residir en un hombre coetáneo de Napoleón, del Frankenstein de Mary Shelley, de los eventos de la fragata Medusa representados por Delacroix, de la fascinación de la época que provocaba la ciencia de Newton y del pavor ante la misma intuído en el cuadro de Joseph Wright. Y conocer a Kierkegaard y a todos estos hombres y mujeres, me hizo reconocer asimismo huellas de esa mentalidad en mí y en tantos hombres de la época actual.

  Por eso entiendo la Cultura como algo de mis raíces, como un amplio álbum familiar vinculado a mis orígenes. Me emociona pensar en los artistas y filósofos como lejanos antepasados míos que me han ayudado a ser quien soy. No me determinan, pero sí me permiten ver el mundo y al hombre con una mirada propia, cultivada desde hace tiempo. ¡Qué aventura es descubrir en nuestro interior el rastro de estas personas y reconocernos "enanos a hombros de gigantes"! Ellos nos facilitan, como afirma John de Salisbury, a

ver más, y más lejos que ellos, no por la agudeza de nuestra vista ni por la altura de nuestro cuerpo, sino porque somos levantados por su gran altura
— John de Salisbury, Metalogicon.

  Estas son las raíces sobre las que Cult-Roots quiere reflexionar y sobre las que quiere invitarte a reflexionar. Así que ahora ya lo sabes, Mozart está en tu sangre y Van Gogh en tus genes. La cultura no es un manual lleno de polvo que conocen hombres calvos y aburridos, la cultura es tu pasado. El modo en que hablas, en que piensas, en que escribes, es una herencia de esos "familiares lejanos", una costumbre adquirida por contacto y tiempo. No pienses que la cultura es un asunto lejano; la cultura es tu pasado personal, es tu forma de ser. La cultura eres tú.

 

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Lectura y amistad (II). Confidencias en el tiempo.

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  Hace días escribía sobre algunos de mis buenos amigos con quienes me encanta conversar y descubrir los secretos y brillantes ideas atrapadas en sus mentes. Afirma Juan Luis Lorda que leer permite convertirse en confidente de los espíritus más grandes que existen y que han existido en el mundo:

A cualquiera le parecería un extraordinario privilegio recibir las confidencias de un gran pensador. Es exactamente lo que hacemos cuando leemos sus libros. Recibimos el mensaje más cuidado y más central, precisamente lo que han querido decir y en el modo más cuidado. Leer a los grandes es vivir con ellos, aprender de su saber y participar de sus inquietudes.
— Juan Luis Lorda, Humanismo. Los bienes invisibles.

¡Cuántos grandes amigos puede encontrar uno recorriendo páginas de grandes libros! Quien disfruta con la lectura, con las ideas atrapadas en palabras, desearía poder viajar a una pequeña cafetería donde entrevistarse por horas con esos autores. ¡Cuántas conversaciones interesantes podría uno mantener con esos confidentes que encontró en las obras de literatura, ensayo o el cine!

  Y como contaba antes, mi encuentro con algunos de estos hombres con los que desearía compartir una cerveza (Tolkien y Lewis especialmente), me permitieron abrirme y profundizar en el alma de otros muchos autores. Así sucedió con Mary. Ella tenía un monstruo en su interior: sentía esa gran fuerza que reside en el interior de cada mujer, una fuerza que fácilmente podía conducirla a la perdición. Mary tenía a Percy a su lado, pero creo que con frecuencia se sentía sola. Había perdido algo preciado y pensaba que estaba maldita para el resto de sus días. Pero convirtió esos miedos en un gigante que caminaba, nacido del orgullo y la arrogancia. Mary me contó todos sus secretos, sin que yo lo supiera: me habló sobre confianza, intimidad, amor, arrepentimiento y miedo. La escuché con calma, con los ojos y los oídos bien abiertos. Ella anhelaba encontrar a alguien que descubriera algo bueno en su interior, y sabía que a mí aquello me fascinaba. Sus miedos se convirtieron en los míos y, aun cuando me había mostrado todos los pliegos de su corazón, aprendí que siempre hay una belleza deslumbrante en el interior de cada alma humana, a pesar de los pesares.

 Stefan y Mary que supieron indagar en el interior del alma de la mujer.

Stefan y Mary que supieron indagar en el interior del alma de la mujer.

  Hablando sobre esa fuerza dentro de cada mujer, deja que te hable sobre mi amigo Lev. La vida le ha hecho un hombre sabio, obsesionado con el verdadero significado del amor, de las relaciones duraderas, de la lealtad… Nos hicimos amigos cuando me sorprendió con una profunda reflexión sobre el modo en que las mujeres piensan. Recuerdo el modo en que describía la mirada de una mujer en un tren, tratando de esconder su deseo de ser mirada, de ser admirada. Lev no juzga a las personas, construye argumentos delicados cimentados en observaciones y en su amplia experiencia de la psicología, concretamente de la femenina. Con esas precisas puntualizaciones suyas, en ocasiones me recuerda a otro amigo que conocí en mis ratos de lectura en el silencio y la intimidad de las tardes de invierno, Stefan.

  Stefan es un gran fan de la Historia, pero siempre me fascina al contarla a través de la experiencia de personajes individuales y puramente humanos. Escribe y habla como un escultor: da volumen a las planas pinceladas de dolor que aparecen en los libros de Historia. Sus relatos son la Historia diciendo “Hola” con una voz particular. Cuando debate sobre política, cultura o economía, conduce tu pensamiento a las especificidades de una mente compleja. Una vez consiguió hacerse amigo de una mujer con una peluca empolvada, y a pesar de las historias que había escuchado sobre ella, llegó a comprenderla y a quererla. De repente, a través del alma de Stefan, las palabras infantiles de aquella mujer y su respuesta frívola sobre el pan y los pasteles se convirtieron en un grito silencioso por una infancia perdida. La Reina se convirtió en Mujer, y fue gracias a Stefan.

  Podría seguir escribiendo sobre mis amigos sin parar, podría contarte cómo a través de tinta y tiempo encontré grandes personas. He encontrado personas que, probablemente, buscaban esa amistad verdadera que un tiempo distinto podía haber creado. Al leer mis libros favoritos, sé que si hubiera tenido la oportunidad de compartir el mismo tiempo y espacio que los autores, habríamos podido pasar horas en una cafetería hablando sobre lo que fuera. Me pregunto si estos amigos míos llegaron a tener cerca a un amigo de esos que uno no puede menos que agradecer continuamente, de esos amigos con los que uno puede compartir todos los pensamientos, incluso aquellos recónditamente ocultos en las profundidades del corazón. Quizás encontraran a alguien así, o quizás nunca pudieron compartir aquellas verdades íntimas con un amigo, y tan solo pudieron escribirlas. Clive escribió algo que me ayuda a comprender por qué me siento tan cercana a él:

El gran artista -en todo caso, el gran artista literario- no puede ser superficial en lo que piensa ni en lo que siente. Por improbable y anormal que sea la historia elegida, en sus manos, como suele decirse, «cobrará vida». Y esa vida llevará la impronta de la experiencia, el conocimiento y la sabiduría que posee el autor; y no sólo de eso sino, incluso, de lo que quizá podríamos llamar el sabor o la «textura» que la vida tiene para él.
— C.S. Lewis, La experiencia de leer.

  Sé que soy afortunada, he encontrado grandes amigos a través de sus libros. Solo deseo que también tú puedas convertirte en uno de esos amigos que ellos esperaban encontrar a través del tiempo y del espacio.