Cine. El pasado atrapado en la luz.

El espíritu de la colmena, Erice. Cult-Roots

  Este artículo de Álvaro Abellán en Dialogical Creativity sobre las lecciones de cine de Tarkovski llegó a mi mail hace tiempo y ha avanzado hasta una región profunda y olvidada de mi interior. Cine y tiempo. Las reflexiones del cineasta ruso han levantado una costra de tedio académico hasta tocar carne viva, hasta tocar la fibra sensible de mi pasión por el cine. Tras páginas y páginas que piensan y repiensan sobre esta forma de arte, la chispa primera de amor quedó desdibujada, cayó en el olvido. Pero, por suerte, pasado un tiempo prudencial, dos palabras -cine, tiempo- han soplado sobre aquel rescoldo, avivando un poco el calor olvidado. Hay por ahí una tesis y algunos artículos, aquello sepultó parcialmente las brasas bajo capas y capas de citas y rigorismos académicos. Como en Pompeya, trato ahora de quitar la roca, de volver a dar vida al cuerpo que una vez corría gritando de emoción.

  Me apasiona el cine, me mueve a viajar entre tiempos pasados y sueños futuros. Recuerdo haber vibrado en la infancia con las buenas historias de la pantalla, recuerdo películas vistas a escondidas en mi adolescencia y, ante todo, tengo clavadas en mí esas horas de cine clásico durante el primer año de mis estudios de doctorado. Cuando empecé a barajar la posibilidad de hacer una tesis, dos palabras pugnaban por mi estudio y mi interés: tiempo y relato. ¿De dónde nacen las buenas historias? ¿Qué semillas literarias han dado infinitos frutos en diversas formas? ¿Qué hace que un relato sea bueno? La curiosidad intelectual por la lectura y el cine habían disparado mi ilusión por buscar esas respuestas teóricas, sin embargo un pequeño afán de coleccionista me lanzó a la búsqueda del tiempo. Una postal con una fotografía antigua despertó mi imaginación y bajo las mil historias que creé, permanecía una inquietud: esas personas de la imagen existieron y ya no existen más. Esas personas me miran desde el pasado y yo las conservo congeladas en mi escritorio.

  Fotografía y tiempo, cine y tiempo. En mi adolescencia quedó impresa en mi mente una escena de El club de los poetas muertos: unos jóvenes observan las viejas fotografías de los antiguos alumnos de su escuela. "Seize the day, boys", susurra su profesor en la voz de esos espectros que nos devuelven la mirada a través de una placa fotográfica. No sé si aquel profesor o aquellos chavales leerían a André Bazin, pero la imagen arrancada al correr del tiempo, la imagen embalsamada de la que habla el crítico francés, lanzó sus hilos y atrapó al artista de la promoción. La fotografía y el cine tienen poder de eternidad, el cine pensado camina en la estrecha y decisiva línea que separa el hoy del ayer y del mañana: "Make your lives extraordinary!".

   Por primera vez en la historia del arte y de la cultura, el ser humano encontró el modo de fijar el tiempo de manera inmediata, consiguiendo a la vez reproducir, cuantas veces desease, ese instante sobre la pantalla, es decir, volver a él». Con el cine, el cambio se momifica y la oportunidad de volver a ese tiempo pasado deja una honda huella en el alma. Si has visto las películas de Chaplin y consideras al cómico como un amigo, sufrirás al asomarte a Candilejas. Esa película juega con distintos tiempos, no en la narración, sino en el contexto del espectador. Chaplin da vida a un payaso que ya no divierte, y llora por aquel pasado en que la gente reía con él. Nosotros vemos más allá de la ficción y lloramos porque Chaplin dejó atrás esos momentos de gloria del cine mudo. Una melancolía desgarradora sale de la pantalla y busca arrancar las manillas del reloj, para devolverlas a un ayer desaprovechado. No solo el cine documental, que juega con la imagen conociendo ese poder de confundir y reunir en un punto (el corazón del espectador) todos los hilos temporales, consigue crear nudos imposibles de deshacer.

 El pasado atrapado y gritando desde la pantalla de cine en  Candilejas  de Chaplin.

El pasado atrapado y gritando desde la pantalla de cine en Candilejas de Chaplin.

  Esa lucha entre tiempos fue el elemento que secuestro mi fascinación al descubrir la obra de Alan Berliner y al conocerle en persona. Sé que casi nadie de quienes lean esto sabrán quién es Berliner, y muy pocos veréis una de sus películas documentales, pero son una maravilla en la que el arte, la música, los recuerdos y el fluir temporal luchan en cada corte, en cada imagen antigua, en cada nexo creado. Sus películas me lanzaban a escribir y pensar sobre el cine, sobre la memoria, sobre esos fantasmas que nos observan desde la pantalla y que también veía Gómez de la Serna:

Los que van al cine se alimentan de fantasmas pasados por la luz.
— Gómez de la Serna, Greguerías.

  El cine revive fantasmas del pasado. Les da nueva carne, nueva vida. Muertos vivientes paseando por las calles, vivos con años de tierra sobre ellos. Y si, como Orfeo, uno intenta rescatar a seres de la otra orilla del río de luz y tiempo, fracasa. Pasado, presente y futuro se entremezclan, elevando al espectador confiado a esa zona de incertidumbre y eternidad que llena de tristeza o da alas de esperanza. El cine no es sólo un entretenimiento, es un viaje por el tiempo, es una aventura peligrosa.

 

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