Contemplación, el diálogo con la Belleza

Ante una obra de arte consagrada por la historia caben distintas actitudes: hay quien se para a analizar la técnica, los detalles, tratando de encontrar aquello que la distingue del resto de obras; otros se emocionan por la experiencia de poder compartir unos segundos, o un espacio, con aquel objeto famoso, quizás para poder inmortalizarlo en las redes sociales; otros se pararán frente a la obra interrogándola. Indiferencia, sorpresa, emoción, dudas, un cierto miedo… Son muchas las emociones posibles ante una gran obra.

 Contemplación, una mirada ante el arte.  Detalle del Mausoleo Real de Carlos III y Leonor de Trastámara , Catedral de Pamplona. ©María Del Rincón

Contemplación, una mirada ante el arte. Detalle del Mausoleo Real de Carlos III y Leonor de Trastámara, Catedral de Pamplona. ©María Del Rincón

Recuerdo, como una experiencia más bien cultural que artística, la primera vez que mis ojos tropezaron con La Mona Lisa de Da Vinci. En una gigante sala brillante, decenas de personas se empujaban para desfilar frente al pequeño retrato y poder sacar una foto de aquella hazaña. Algunos años antes de la democratización de los smartphones, no pude sino sentirme, en cierto modo, horrorizada ante aquel espectáculo burdo de los turistas culturales.

Lo mismo sucede en lugares que deberían hacernos sentir pequeños, diminutas criaturas incapaces de tanta majestuosidad, como la Capilla Sixtina. Tanta gente inunda aquella sala llena de arte, fe e historia, que resulta imposible detenerse unos segundos. Unos guardias velan por que no se tomen fotos, por que no se detenga el flujo de gente, por que no se siente nadie en el presbiterio. Sin buscarlo impiden también el silencio, la contemplación. Grupos inmensos entran en aquellos lugares y salen sin que la obra haya dejado huella alguna en ellos. En aquellos museos uno deambula, sigue el recorrido fijado, pisado por miles de pies delante de uno. Y al salir a la calle, con el móvil lleno y el alma seca, diremos que vimos muchas cosas, pero no miramos ninguna.

 Visitantes fotografiando el cuadro de la Mona Lisa en el Museo del Louvre ©María Del Rincón

Visitantes fotografiando el cuadro de la Mona Lisa en el Museo del Louvre ©María Del Rincón

Antes de llegar a la Capilla Sixtina, hay que recorrer los pasillos interminables de los Museos Vaticanos. Un recorrido por la historia del arte que prepara la entrada al Juicio Final con una muestra de arte contemporáneo. Tras haber logrado escabullirse de la masa de cámaras, guías turísticos y palos selfie de las Estancias de Rafael, unas escaleras que dan cobijo a esculturas del pasado siglo comienzan su irregular ascenso. Cuando uno está ya cansado y desorientado por el abrupto cambio, desemboca en una sala desnuda y de techos altos. Silencio. El asombro acalla el rumor, y unos inmensos modelos para unas vidrieras de Matisse convierten la sala en un lugar sagrado. Una diminuta y minimalista cruz proyecta una sombra que absorbe los murmullos, y una colosal figura de la Madonna te despide, dejando en el alma queda una sombra de belleza.

La belleza no puede absorberse sin quererlo, requiere  un deseo, un diálogo, una mirada pausada. En aquella gran sala del artista francés de los  recortes es más fácil mirar, reposar los ojos y atreverse a balbucear en silencio. El escritor español Unamuno conocía bien esos encuentros personales con el arte:

Hay en Salamanca una hermosa Concepción de Ribera, y tantas veces la he visto, y con tanta calma cada vez, que me la sé de memoria y le he sacado casi todo el fruto que pudiera, y en cambio recuerdo mi paso a la carga por una de las más ricas pinacotecas de Italia, de la que no conservo imagen alguna precisa y clara.
— Miguel de Unamuno, La dignidad humana.

Calma, silencio, atención. La contemplación, verdadero diálogo con la Belleza, exige intimidad y exclusividad. Del mismo modo en que una conversación en una sala oscura y silenciosa fácilmente deviene confesión profunda y comunión de espíritus, así el arte confía su gozo en el silencio y la atención de la mirada. Hay en la National Gallery de Londres un cuadro con destellos de eternidad. Un boceto de una escena –familiar y celestial a la vez– captada con trazos de fugaz tiza negra y blanca por la mano del gran humanista Da Vinci. En la preparación de su representación de la Virgen con el Niño, Santa Ana y San Juan Bautista, escondió el florentino al Creador del mundo en una forma humana, del mismo modo en que una reducida sala negra oculta aquella obra que arroja su luz sobre el observador paciente. La atmosfera amortizada y densa del pequeño espacio recoge los sentidos y anima a la conversación íntima del hombre con la obra, del mismo modo en que la casa de subastas Christie's presentaba el cuadro Salvator Mundi, otra obra del genio florentino. “Las obras de arte son de una soledad infinita”, escribía Rilke al joven poeta. “Solo el amor puede captarlas y retenerlas”.

 Collage con imágenes del vídeo sobre la Exposición del  Salvator Mundi  de Leonardo en Christie’s. ©Christie’s

Collage con imágenes del vídeo sobre la Exposición del Salvator Mundi de Leonardo en Christie’s. ©Christie’s

Solo el valiente puede contemplar, puesto que solo quien esté dispuesto a rendir sus defensas trascenderá el aquí y ahora de la obra para adentrarse y dejarse dominar por ese abismo de inmensidad. La experiencia estética, el encuentro íntimo con la Belleza, produce un gozo incontenible y un deseo de apoderarse del misterio, apunta Lorda en su descripción del humanista contemporáneo. La contemplación conduce al entusiasmo, al vivir en el dios que expresa el vocablo griego, entusiasmo que “no acontece como fruto de lo que se mira, sino que constituye, más bien, una actitud del modo en que se mira. Lo contrario a vivir entusiasmado es vivir ensimismado”, escribe Íñigo Pírfano en Ebrietas. Solo el amor de quien observa se enfrenta a esa promesa de algo que la obra no acaba de dar y que hace aparecer cierta nostalgia del paraíso al que pertenecemos.

Более 20 тысяч человек пришли посмотреть на картину "Спаситель мира" Леонардо да Винчи. После столетий, проведенных в коллекциях королей и частных владельцев, она была представлена публике - огромные очереди окружали выставки аукциона Christie's в Лондоне, Гонконге, Сан-Франциско и в Нью-Йорке.