Creación artística II. Anhelos de infinito

 Leonid Pasternak,  La Pasión de la Creación  (Fragmento).

Leonid Pasternak, La Pasión de la Creación (Fragmento).

En el imaginario común, el artista aparece marcado con las características propias del Romanticismo: el genio insatisfecho, solitario y pasional, que combina momentos de arrebato con otros de profunda depresión. Y aunque no podemos reducir al artista a una serie de cualidades, es cierto que podemos elaborar una larga lista de personajes sufrientes en su búsqueda de la Belleza. Decimos que los artistas poseen personalidades más sensibles y, por lo tanto, más frágiles. ¿Por qué tantos artistas acaban su vida de forma trágica? Quizás se deba a ese empeño constante por buscar algo que jamás pueden alcanzar.

Decíamos en un artículo anterior que el artista se empeña en esa Gran Búsqueda de la Belleza a la que orienta su vida entera o, al menos, sus mejores esfuerzos. El artista busca porque ve algo que el resto de personas no ven. El artista ve, como recoge Blake en Auguries of Innocence, la realidad con una dimensión que trasciende el tiempo y el espacio:

Ver un Mundo en un Grano de Arena
y un Cielo en una Flor Silvestre;
tener el Infinito en la palma de tu mano
y la Eternidad en una hora.
————
To see the World in a Grain of Sand,
And a Heaven in a Wild Flower,
Hold Infinity in the palm of your hand,
And Eternity in an hour.
— William Blake, Auguries of Innocence, 1.

El artista intuye esa grandeza escondida en el mundo y en sí mismo. Y contra esa magnificencia choca su propia capacidad. El hombre lucha, descarnadamente por alcanzar esa luz intuida, por capturar sus destellos y plasmarlos según su mirada en trazos, notas o palabras. El artista batalla contra sí mismo, pelea contra la Belleza, grita asustado ante la infinitud. Como Jacob, el artista ha de enfrentarse a ese ángel enviado de lo alto, sin opción a vencer. Cualquier esfuerzo le sabe a poco, consigue asomarse al abismo, pero no encerrarlo en su arte.

¡Qué mezquino, qué torpe, qué difícil balbuceo el nuestro para expresar este deleite de lo inefable que reposa en todas las cosas con la gracia de un niño dormido! ¿Con cuáles palabras decir la felicidad de la hoja verde y del pájaro que vuela? Hay algo que será eternamente hermético e imposible para las palabras. […] Ningún grito de la boca, ningún signo de la mano puede cifrar ese sentido remoto del cual apenas nos damos cuenta nosotros mismos, y que, sin embargo, nos penetra con un sentimiento religioso.
— Ramón del Valle-Inclán, El anillo de Giges.

El artista siente esa misión profunda, esa necesidad de crear, espoleado por esos anhelos de perfección. El tirón de la Belleza es poderoso, mete en vereda, lanza hacia adelante, por un camino que bordea un precipicio. El vértigo, el miedo y el cansancio no son obstáculos para esa fuerza mayor que empuja hacia lo intuido. Búsqueda del infinito, bendición y maldición. Misión confiada a unos pocos que ha de aceptarse  con responsabilidad y necesidad, como confiesa Rilke al joven poeta dudoso:

Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: “¿Debo yo escribir?” Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un “Si debo” firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. [...] Acaso resulte cierto que está llamado a ser artista. Entonces cargue con este su destino; llévelo con su peso y su grandeza, sin preguntar nunca por el premio que pueda venir de fuera.
— Rainer Maria Rilke, Carta a un joven poeta, 1903.

Y es que la Búsqueda del artista parece venir del más allá, parece misión impuesta y misterio a encarnar. Esa búsqueda continua produce cierta desazón, una tristeza profunda que nace de mirar hacia el precipicio y no encontrar ruta posible, ni sombra que confiera seguridad. Tolkien, que sentía y palpaba en lo hondo de su ser esa añoranza de lo inalcanzable, esa nostalgia del infinito, la experimentaba como algo propio del hombre, como un don de los dioses, como el que el creador Eru otorga a los hombres en el Silmarillion con el querer de que “los corazones de los hombres hayan de buscar más allá del mundo y no hallen descanso en él”. Pena que se clava en el fondo del alma, dolor por lo no alcanzado todavía.

 Terrence Malick busca el infinito en  El árbol de la vida .

Terrence Malick busca el infinito en El árbol de la vida.

El hombre que vive de la belleza experimenta con frecuencia esa sensación de plenitud del arte. Una sensación que Juan Luis Lorda describe como “un destello, como si se rozara el umbral del paraíso, de la felicidad anhelada” de forma breve y confusa. Ese gozo de lo bello genera un ansia, un deseo mayor de poseer el misterio, que provoca esa nostalgia del paraíso al que, en el fondo, sabemos que pertenecemos.

Se trata de algo vago, porque, en realidad, no tenemos idea de cómo puede ser el paraíso, pero es característico de toda experiencia estética entrever la perfección. Como si los anhelos de felicidad hubieran captado a través de una rendija, la plenitud a la que tienden ciegamente.
— Juan Luis Lorda, Humanismo.

¿Por qué crea el artista? Porque es su modo de acercarse a esa luz de plenitud, a esa felicidad hermosa y bella que sabe que se esconde. ¿Por qué crea el artista aun sabiendo que tan solo alcanzará esa nostalgia del infinito? Porque esa nostalgia es su brújula, es su escalera hacia la Belleza.

 

Si te ha gustado este artículo, no dudes en comentar y compartir. Y también puedes leer otros artículos recientes.