El tesoro del lenguaje

Lady Writing a Letter with her Maid, Vermeer. Cult-Roots

    Me gustan las palabras precisas, sí. Me gustan porque se refieren a realidades precisas, con significados estables, con valores concretos. Y me gusta emplear las palabras con la intención de remitir al concepto al que se refieren, no como un modo de engañar, ni como simple decoración. Las palabras son, en cierto sentido, sagradas, puesto que tocan realidades que nos trascienden. Palabras, verdaderas maravillas, construcciones humanas que tratan de atrapar el más allá.

  Nacemos rodeados de lenguaje de un modo natural. Quizás no le damos ninguna importancia especial, sin embargo, nos esforzamos en que los niños lo aprendan y dominen en la medida de sus posibilidades. El lenguaje es una muestra del poder del hombre de conocer la realidad, de ponerse a su altura. Con gran naturalidad lo adquirimos, y con él, el pensamiento y la comprensión de la realidad, como descubrimos de mano de la criatura de Frankenstein, que aprende a hablar escondido en una cabaña: 

Poco a poco hice un descubrimiento de aún mayor importancia. Me di cuenta de que aquellos seres tenían un modo de comunicarse sus experiencias y sentimientos por medio de sonidos articulados. Observé que las palabras que utilizaban producían en los rostros de los oyentes alegría o dolor, sonrisas o tristeza. Esta sí que era una ciencia sobrehumana y deseaba familiarizarme con ella. Pero todos mis intentos a este respecto eran infructuosos. Hablaban con rapidez y las palabras que decían, al no tener relación aparente con los objetos tangibles, me impedían resolver el misterio de su significado.
Sin embargo, a base de grandes esfuerzos, y cuando ya había pasado en mi cobertizo varias lunas, aprendí el nombre de algunos de los objetos más familiares como fuego, leche, pan y leña. También aprendí los nombres de mis vecinos. La joven y su hermano tenían ambos varios nombres, pero el anciano sólo tenía uno, padre. A la muchacha la llamaban hermana o Agatha y al joven Félix, hermano o hijo. No puedo expresar la alegría que sentí cuándo comprendí las ideas correspondientes a estos sonidos y pude pronunciarlos.
— Frankenstein, Mary Shelley.

  ¡Qué gran tesoro es el lenguaje para el hombre! Es un don que se nos da, pero que hay que proteger con celo y arrojo. Custodiar un tesoro como el lenguaje requiere guardianes atentos a la falsificación y a la copia barata y hueca. Centinelas convencidos de que cada palabra remite a un aspecto del mundo que ya hemos dominado. Centinelas que no se dejen engatusar por quienes tratan de enriquecerse robando nuestro tesoro, forzando los significados hasta conseguir separar la palabra de su concepto. Esos ladrones se justifican diciendo que tan solo nos liberan de una convención, pero si se lo permitimos, tardaremos en descubrir que consiguieron desposeernos de la porción de realidad que habíamos ganado.

  Quien no vigila celosamente su lenguaje, su vocabulario, su gramática, su sintaxis, queda a la merced del viento, del ladrón y del asesino. Nietzsche apuntaba a este vínculo entre lenguaje y trascendencia, y buscaba asestarle una estacada mortal, ya que, en sus palabras:

mucho me temo que no conseguiremos librarnos de Dios mientras sigamos creyendo en la gramática…
— Nietzsche, El Ocaso de los Ídolos

Efectivamente, cuando las palabras dejan de tener significado, la realidad deja de existir, o se hace extremadamente confusa. Discutía hace poco sobre un texto que proponía una interpretación de una película desde una perspectiva objetivamente imposible. Me aventuré a defender que esa obra no trataba sobre el asunto en cuestión y que los argumentos esgrimidos para sostener dicha defensa no se cimentaban sobre la realidad de la película. Y ahí comenzó el duelo del lenguaje contestándome que toda interpretación era válida. La discusión continuó hasta llegar a afirmar que se podía interpretar un mismo texto desde una perspectiva y desde su opuesta con la misma validez. ¿Por qué? Porque "nada significa nada". ¡Me había topado con un verdadero ladrón de conceptos! Aceptar sus premisas suponía comprometer el lenguaje, que se convertiría en un juego absurdo, en un instrumento innecesario por encontrarnos cada uno en un mundo distinto e irreal. Y así, el tesoro del lenguaje termina empleándose como arma, como droga que aletarga.

 Joven artista recibe un consejo. Honoré Daumier.

Joven artista recibe un consejo. Honoré Daumier.

  Sin embargo, el guardián celoso también requiere audacia y arrojo. No basta proteger el lenguaje, hay que desarrollarlo, mostrarlo y compartirlo. El artista sabe que las palabras son peligrosas, sabe que contienen un gran poder y, a la vez, una gran limitación. ¡Cuánto tiempo dedica el poeta a buscar la palabra exacta! ¡Y cuánta frustración cuando esa palabra no es suficiente! El verdadero artista (aunque no trabaje con palabras) será siempre un buen guardián del tesoro, pues empeñará sus mejores fuerzas en llegar más allá, en dar con la palabra que exprese su ansia de algo mayor, en conseguir el trazo que copie la luz que quiere atrapar, en hallar la nota que exprese una emoción vivida. En esa búsqueda tenaz, el artista descubre su fracaso con humildad y experimenta la limitación del lenguaje. El artista sufre esa imposibilidad del hombre de poseer con plenitud lo que busca, se topa con lo inalcanzable, con lo inefable. Y en el silencio vencido vivirá, tratando de captar algún atisbo de eso que queda fuera del alcance de nuestro lenguaje, de aquello que trasciende al hombre. Vivirá protegiendo y cultivando lo conocido -lo bello, lo verdadero- y tratando de rozar ese más allá de la Belleza y la Verdad.

 

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