Relato y espejo. Conocer al hombre en las historias

Psycho, Hitchcock.

  Sé lo que es un cormorán por un cuento que leí siendo niña. Conocí al dios Anubis y al faraón Akhenatón en páginas llenas de ilustraciones. Sé que el río Neva baña la ciudad de San Petersburgo porque caminé por su orilla acompañada de Dostoievsky. Durante mis años de colegio viajé a China, a Alaska, a la Tierra Media. También entendí lo que era un gueto con Spielberg y Schindler, aprendí algo de entomología con CSI y grité en el Coliseo con Russell Crowe. He visto muchas culturas y civilizaciones desde un párrafo impreso y desde unas imágenes en pantalla.

  Lo aprendido, lo leído y visto, forman una maraña densa que me permite mirar no solo desde mis ojos, sino desde los de otros. Frente al televisor que mostraba las luces violentas en la noche sobre Irak no estaba yo sola, Ana Frank gritaba en las páginas de un diario desplazado en el tiempo. Y mientras paseo en primavera y levanto los ojos a los árboles, Malick me devuelve la mirada y me habla del cuidado de un Dios que puso esa luz dorada capaz de atravesar el verde vivo de las hojas. Las gárgolas de las grandes catedrales parecen sonreir y cantar con discreción, como lo hacían en el París de Disney. Y siempre imagino que bajo alguna oveja que pasta en el campo se esconde algún hombre que huye de un gigante cíclope. Pero no solo la visión del mundo cambia por los libros que leemos o las películas que vemos, sino también la percepción del propio yo. ¡Cuánto dicen sobre nosotros los libros que leemos!

Mis libros (que no saben que yo existo) son tan parte de mí como ese rostro de sienes grises y de grises ojos que vanamente busco en los cristales.
— Jorge Luis Borges, El libro de arena.

  Efectivamente, en cada uno de nosotros hay varias capas hechas de eso que fríamente llamamos cultura, capas que permean hasta lo más hondo de nuestro ser y nos dan una base sobre la que construirnos y crecer, capas a las que me gusta llamar raíces culturales. Pero no quiero tratar ahora sobre cómo nos configura la cultura, sino sobre los relatos que funcionan como un espejo que refleja la imagen del hombre. Decía Stendhal que "una novela es un espejo que se pasea por un gran camino", un espejo con muchas facetas, que devuelve fragmentos de muchos hombres distintos, pero en el que cada uno puede verse reflejado. ¿Por qué continúan apelándonos las grandes obras del arte? ¿Qué encontramos aún hoy en los clásicos de la literatura y las grandes películas? Encontramos pequeños susurros, tímidos algunos y otros con seguridad y orgullo, susurros que proponen su personal respuesta a la pregunta "¿Quién soy?", o más bien "¿Quiénes somos?".

  C.S. Lewis, experto pensador de pluma y máquina, aseguraba que los artistas habían de ser gente profunda que hubiera pensado y rumiado la realidad, puesto que en sus obras, de las que muchos beberían, se trasluciría su visión del mundo y del hombre:

The great artist -or at all events the great literary artist- cannot be a man shallow either in his thoughts or his feelings. However improbable and abnormal a story he has chosen, it will, as we say, ‘come to life’ in his hands. The life to which it comes will be impregnated with all the wisdom, knowledge and experience the author has; and even more by something which I can only vaguely describe as the flavour or “feel” that actual life has for him. [...] And we may also—which is less important—expect to find in them [good literary inventions] many psychological truths and profound, at least profoundly felt, reflections.
— C.S. Lewis, An Experiment in Criticism.

  Muchas veces digo, en broma o en serio, que es complicado ser un buen humano, pero por suerte, contamos con historias que nos enseñan en qué consiste eso. Hay mil rincones de nuestra alma que tardaremos en conocer o en aceptar, y muchos se llenarán de claridad junto a un libro o una película. El efecto de un cormorán, de un faraón o un bombardeo en el corazón de una persona es una voz poderosa que hace estremeccer nuestros cimientos más profundos. ¡Cuánto nos ayudan en nuestro propio camino de la vida esas historias y relatos de los que nos nutrimos! ¡Cuánto nos explican sobre esos misterios y reacciones humanas que nos parecen inefables! Muchas veces una breve novela nos sumergirá hasta las profundidades del yo con mucha más potencia y claridad que manuales y manuales de psicología y filosofía.

 El principito de Saint-Exupery, un gran espejo del hombre.

El principito de Saint-Exupery, un gran espejo del hombre.

   Para alcanzar lo más valioso del hombre, las palabras parecen más eficaces cuando sugieren que cuando explican, cuando narran que cuando argumentan. Y las historias, con paciencia, conseguirán domesticarnos y hacernos más humanos si nos sentamos un poco lejos, observamos por el rabillo del ojo y guardamos silencio, ya que el lenguaje es fuente de malentendidos. Y a base de acercarnos a las historias, miraremos el cielo y la tierra con nuevos ojos. Y si seguimos las lecciones de un pequeño zorro, gracias a las historias, aprenderemos a mirar con el corazón y captaremos lo verdaderamente esencial del hombre y del mundo.

  Muchos aspectos de nuestro yo se han formado con palabras leídas, con historias grabadas a fuego en nuestra cabeza y en nuestro corazón. Podemos entender en momentos de duda gracias a esos relatos, a esas vidas ficticias y claras como la luz. Lo comprobamos cuando necesitamos largas explicaciones para poder compartir el dolor ante el adiós de un piloto y un niño de cabellos dorados. O cuando tratamos de convencer a alguien de que correr tanto en la vida es absurdo acudiendo a frías estadísticas y estudios sociológicos, cuando una niña llamado Momo puede logar que lo comprendas guardando silencio. Las historias son un reflejo del hombre, un reflejo del que no podemos prescindir.

 

Si te ha gustado este artículo, no dudes en comentar y compartir. Y también puedes leer otros artículos recientes.