Lectura y amistad. Amigos de tinta y tiempo.

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 Dicen que quien tiene un amigo tiene un tesoro, pero a mí eso me suena a poco. ¿Qué es un tesoro sino una propiedad? El tesoro puede cambiarte la vida desde fuera, pero el amigo la cambia desde dentro. Quien tiene un verdadero amigo es la persona más afortunada del mundo. ¿Y quién es el verdadero amigo? Para mí, aquel con quien puedo abrir mi corazón sin vergüenza, aquel con quien hablar horas y horas sin cansancio, aquel con quien abordar todos los temas, desde los más profundos, hasta los más banales. Me emociona poder sumergirme en mil y un pensamientos en compañía de alguien que no se asuste al bucear hasta lo más hondo de la persona: amor, amistad, trabajo, Dios, cultura, familia, sociedad… Todo se mezcla en esas conversaciones que llamo “de salvar el mundo”. Pero me gusta hablar tanto como me gusta escuchar, por lo que me fascina toparme con alguien cuyo mundo interior parece tan complejo como el mío. Cuando esos encuentros se dan, uno ya no se siente solo, y aunque continúa sabiéndose único, también entiende que es puramente humano al compartir tantas inquietudes y alegrías con otros. Sí… tienes razón, quizás no haya tanta gente ahí fuera dispuestas o capaces de sumergirse sin peligro en esos mares intempestivos del alma humana. Pero déjame compartir un secreto contigo: hay muchos más de los que piensas… ¡y sin darte cuenta conoces a muchos de ellos!

 Una vez leí que si te cruzas con alguien leyendo tu libro favorito, es como si un libro te presentara a una persona que fácilmente puede convertirse en un buen amigo. Reconozco que muchas veces he preguntado a mis conocidos acerca de sus libros favoritos, o incluso de los míos, para probar nuestra afinidad. Pero… ¿cómo puede un libro sugerir amigos? ¿Es la portada lo que nos grita? ¿O es el prefacio de un libro el que trata de captar tu atención? No… Es un buen amigo de otro tiempo y de otro lugar el que sale a tu encuentro: el autor. Él es el único que puede presentarte a alguien nuevo, el único que puede convertirse en intermediario entre dos amigos potenciales. ¡Cuánto hemos de fiarnos de los autores, no nos equivocaremos si los consideramos buenos amigos! Y es que estos amigos de otro tiempo, profesan un trato desinteresado, como afirmaba Proust:

Todos estos sobresaltos de la amistad desaparecen en el umbral mismo de esta amistad pura y tranquila que es la lectura.
Marcel Proust. Sobre la lectura.

 Yo tengo mi propio grupo de amigos con quienes me gusta reunirme en mi habitación, a solas. Sé que no hay demasiado espacio, pero las conversaciones de uno a uno tienen un encanto propio, el sabor de las confidencias en voz baja, de la cercanía y la intimidad. Déjame que te cuente algo sobre estos amigos, quizás los descubras y encuentres en ellos esa amistad profunda y arrebatadora.

 ¿Por dónde empezar? Imagino que, en primer lugar, debería presentarte a un  hombre con quien me encanta tomar una taza de té o una cerveza. Su nombre es Clive,  pero le llaman Jack. Es el hombre puramente británico, lo más británico que conozco: elegante, astuto, irónico y divertido. Y es muy inteligente. Lo que más disfruto en nuestras conversaciones son sus metáforas. Solo Jack puede imaginar nuestras tentaciones cotidianas como simples manipulaciones de un joven diablo de prácticas. Jack sabe de todo y tiene una visión única y acertada sobre los hombres: parece leer los pensamientos más íntimos, conoce nuestras caídas, nuestras luchas contra nosotros mismos, contra los demás y contra Dios. Y, sin embargo, cuando saca a la luz estos pensamientos, uno nunca queda avergonzado ni se siente acusado. Jack sabe que todos nosotros, a pesar de nuestras miserias, no hacemos más que tratar de alcanzar la Belleza y la Felicidad, y facilita el camino, pavimentándolo con comentarios divertidos que siempre sorprenden por su delicada profundidad.

 Clive tiene un amigo que se llama John Ronald y que es mucho más tranquilo y solemne. Le gusta compartir con Jack, y también conmigo, su conocimiento y opiniones ponderadas sobre el hombre. Pienso que tiene la habilidad de ver nuestros deseos, y por eso alberga y transmite una gran confianza en la redención de la humanidad a través de la amistad y la lealtad. A John le encanta pensar en alto mientras da pausadas caladas a su pipa y señala a esos paisajes y ciudades maravillosos que imagina ante su mirada. Es muy delicado, así que nunca dirá lo que debo pensar, ni zanjará cuestiones morales con cerrilidad. Sin embargo sostiene opiniones firmes. Nos encanta hablar sobre el bien y el mal, sobre la naturaleza de los verdaderos héroes… Y todo esto lo hace siempre de modo sumamente poético, dando vida a criaturas hermosas y puramente humanas que parecen respirar frente a ti.

 Clive y John, mis grandes amigos británicos.

Clive y John, mis grandes amigos británicos.

 Estos dos amigos míos me han enseñado muchas cosas, y lo que es más importante, han compartido conmigo su forma propia de mirar el mundo. Como buenos británicos, no esconden las sombras agazapadas en los pliegues del alma humana, pero las confrontan con una perspectiva amplia que siempre considera el pasado. Ese pasado que nos configura y ese futuro que nos une. Cuando conocí a John Ronald por primera vez, yo era una adolescente que se sentía cómoda en la soledad, mirando a través de la ventana, pasando las páginas de un libro. Entonces no se me pasaba por la mente la posibilidad de encontrar a alguien con quien pudiera compartir tantas ideas. Tenía buenos amigos, pero no demasiadas conversaciones profundas. Anhelaba encontrar una alma que vibrara con lo mismo que hacía temblar la mía, deseaba encontrar a alguien que sintiera la misma inquietud que acampaba dentro de mí al enfrentarse al mundo. John apareció en mi vida en el momento perfecto. Cogió mi mano y elevó mis pensamientos, haciéndolos volar hacia el Bien y la Belleza. Después de conocerle fui capaz de compartir los dolores de Clive sin caer en la desesperanza y pude también enfrentarme a los miedos de Mary sin ser arrastrada por ellos. Pero pienso que sobre Mary habré de hablaros en otro momento…