Memoria y cine. Recuerdos de la Historia a través de la pantalla.

 La memoria, esa extraña cámara cinematográfica de nuestra mente. © Fritz Kahn,  Maschine Mensch

La memoria, esa extraña cámara cinematográfica de nuestra mente. © Fritz Kahn, Maschine Mensch

  La memoria es un gran misterio. Nunca deja de sorprenderme su funcionamiento, o por lo menos el modo en que lo experimentamos. Seguro que alguna vez, al caminar cerca de un desconocido, su colonia ha activado ciertos recuerdos que parecían enterrados. La memoria, de forma repentina, empieza una carrera hacia el pasado y saca todas las imágenes y sonidos vinculados a ese olor. Al principio le cuesta localizar las secuencias de la gran bobina de los recuerdos, pero en seguida se enciende la bombilla del proyector y una secuencia de montaje aparece en la pantalla: una conversación bajo el sol con un Ipad, un café de avellana espolvoreado de momentos amargos, un gesto para colocar el flequillo… Desde luego mis recuerdos funcionan así, proyectando imágenes y sonidos, como si se compusiera de material audiovisual. Desde luego, no es solo el olfato el que activa los recuerdos, hay veces en que un decorado, un paisaje, un lugar, trae al presente escenas que allí sucedieron: Un paseo en coche hablando sobre las amistades de guerra, una lección de filosofía bajo un árbol, un enfado en una parada de autobús… Entonces, gracias a esa especie de cámara mnemónica, vivimos el presente diseccionando las distintas capas temporales que lo componen.

  ¿Cuáles son las primeras palabras que vienen a tu mente si escuchas la palabra “memoria”? Probablemente recordarás un álbum de fotografías que tu madre guarda en un cajón, unas cintas de vídeo que tu padre grabó cuando tenías siete años, el perro que fue tu buen compañero en tu niñez… ¿Tu primer día de universidad? ¿Algún examen difícil? ¿Una conversación que marcó tu vida? Tienes recuerdos de tu vida, pero, curiosamente, también de la de otros. De forma imperceptible hemos ido construyendo una serie de recuerdos sobre el mundo, la historia, los personajes famosos a través del cine. Y es que no solo podemos explicar nuestra memoria a través del funcionamiento del cine, sino que el cine ha configurado el modo en que recordamos ciertos aspectos del mundo.

La memoria es la más fiel de las películas, la única que puede impresionarse a no importa qué altitud y con el único límite de la muerte. Pero ¡quién no es capaz de ver la diferencia entre el recuerdo y la imagen objetiva que le da una eternidad concreta!
— André Bazin, ¿Qué es el cine?

  En ocasiones, no resulta tan sencillo distinguir aquello que recordamos por la propia experiencia, de lo que hemos conocido y recordamos a través del cine. Sabemos distinguir nuestra realidad de aquella del cine, pero hay ciertos eventos pasados que hemos conocido de a través del cine y que han pasado a formar parte de nuestros recuerdos. ¿Cómo recordamos a Luis XVI? En color pastel y con peluca. ¿Y a Hitler? En blanco y negro. Quienes hemos visto decenas de películas bélicas anteriores al soldado Ryan y a quienes lucharon en Vietnam, coloreamos las batallas con la escala de grises. Incluso las películas más recientes, ya no limitadas por la carencia de color, rezuman esas tonalidades grisáceas. Los gangsters se esconden bajo el ala del sombrero mientras dejan entrever un revolver gris entre los grises pliegos de su abrigo negro y sus zapatos se acercan al charco negruzco junto a su última víctima. El arte nos facilita conocer el pasado por sus representaciones, y no solo eso, sino que también se adentra en nuestra mente configurando nuestros recuerdos. Así, el cine crea en la mente imágenes del mundo, llegándose a mezclar con las imágenes del mundo experimentado. Y del mismo modo en que Borges tenía recuerdos nacidos entre las páginas de los libros, también ahora tenemos recuerdos que se crearon a la luz de una pantalla.

Mi memoria, mi memoria... Qué triste, está hecha de citas, sobre todo: bueno, como Alonso Quijano, me acuerdo más de los libros que he leído que de las cosas que me han sucedido.
— Jorge Luis Borges, Diálogos.

  En algunos momentos de mi vida, en visitas a lugares no visitados antes, he encontrado, sin quererlo, grandes momentos del séptimo arte. Hace muchos atardeceres, pude contemplar el cielo esconderse en el horizonte desde una barca en la Albufera de Valencia. La barca, impulsada mediante una pértiga, se desplazaba entre estrechos pasillos de altos juncos. Había patos, el agua lanzaba destellos reflejando los brillos anaranjados del sol poniente, la delicda embarcación se desplazaba sigilosamente, como escondiéndose. Y pensé que ya había estado ahí, pero con otra luz distinta, con el sol del mediodía. En mi memoria, las palabras, consejos e indicaciones no eran en español, sino en italiano. Porque yo no había estado en esa barca, habían sido mis camaradas de la resistencia italiana en el último episodio de la película de Rossellini, Paisa. Y cuando vi atardecer allí mismo pensé que era un momento digno de El árbol de la vida o incluso de Apocalypse Now si entre tanto junco hubiera habido alguna palmera o un helicóptero sobrevolando las aguas con música de Wagner de fondo. Al acercarnos a la orilla y comenzar a saltar fuera de la barca vinieron a mi mente aquellos chiquillos que asustados huyen por el río y se refugian entre vacas en La noche del cazador. Y ya al salir, vi una pequeña balsa hecha con gavillas de paja y me acordé de magnífica Amanecer de Murnau. 

 La Albufera de Valencia convertida en un paisaje del cine italiano. ©María Del Rincón

La Albufera de Valencia convertida en un paisaje del cine italiano. ©María Del Rincón

 Hace tiempo mi hermana recorrió Europa y generó cierta envidia a través de las fotografías de sus redes sociales. ¡Qué pena! ¡Se había perdido tantos lugares interesantes! Vi una foto de ella y sus amigas en Viena junto a la gigantesca noria donde Harry Lime explicaba a Cotten su comparación con las hormigas en El Tercer Hombre. Subieron a esa noria sin conocer aquella intensa conversación entre Orson Welles y Joseph Cotton, ni siquiera se fijaron en la placa que recordaba tan memorable suceso (la verdad no creo que exista esa placa, pero debería haberla). Y tampoco allí subidas recordaron a otros pasajeros más recientes, en una fugaz historia de amor Antes del amanecer. Sé que estuvieron también en la ópera, donde sí hay una placa que recuerda a Mozart, pero ¿habría también otra que recordara a Wolfie y al hombre de la máscara doble de la película Amadeus de Milos Forman? En Salzburgo no subieron al mirador donde fräulein Maria enseñaba la escala musical a los niños del capitán Von Trapp en Sonrisas y Lágrimas. En Milán no vieron a los mendigos de De Sica que sobrevuelan la ciudad en escoba convirtiéndose en un Milagro en Milán. En Berlín no estuvieron, ¿pero qué más da si seguramente no hubieran tratado de encontrar a Bruno Ganz sentado en la escultura dorada observando El Cielo sobre Berlín?

  Hace poco viajé a Pompeya. Allí las piedras tienen memoria. El tiempo ha quedado congelado, y uno se sumerge en la antigua Roma. Pero allí tuve también otra presencia muy cercana, no solo la de aquellos pobres hombres que encontraron un destino fatal, sino la de una pareja de actores rodando una película sobre un amor roto. Caminé por las mismas calles por donde caminaron Ingrid Bergman, George Sanders y Roberto Rossellini. Y en esas mismas calles, un cineasta español, Samuel Alarcón, captó aquellos fantasmas cinematográficos en un maravilloso documental sobre el pasado, el cine y la memoria. Os recomiendo su película La ciudad de los signos, una película con la que aprender a ver los recuerdos del pasado amontonado en capas producidas por la historia y por el cine.