Miradas desde el arte

Optimista es el que os mira a los ojos, pesimista, el que os mira a los pies.
— G.K. Chesterton

 En el colegio nos enseñan que hay cinco sentidos y que cada uno está vinculado a un órgano, pero ahora sé que los ojos no sirven solo para ver. Recorriendo los pasillos de los museos, contemplando antiguas fotografías y películas, escuchando a los amigos, me he enfrentado a miles de ojos que no solo miraban.

 Hay ojos que escuchan. Ojos que se clavan en el de enfrente, pestañeando lo estrictamente imprescindible. Son ojos pausados, pacientes. Agujeros que absorben y que incluso tiran del hilo de voz, hasta sacarlo todo -sin violencia alguna- y calmar al otro. Los ojos que escuchan tiemblan con las historias graves y vibran con las agudas. Son ojos silenciosos, calmados y pacientes, que todo lo abarcan. Los ojos que escuchan no desaprueban con las cejas, solo asienten con un ligero espasmo del iris.

 El padre Gabriel escucha y mira el milagro. La Misión de Roland Joffe. ©Warner Bros

El padre Gabriel escucha y mira el milagro. La Misión de Roland Joffe. ©Warner Bros

 Hay también ojos que hablan. No solo captan información, también comunican. Los ojos que hablan tienen el poder –o la desventura- de independizarse y de gritar lo que el rostro o la lengua no dicen. Dentro de esos ojos locuaces los hay con distintos timbres, distintos registros. Hay ojos que hablan con voz pura, quizás tímida, pero voz más clara que lo que la persona quisiera. Ojos delatores, miradas que cuentan historias de amores, de pecados, de anhelos, de confusiones. Como ventanales desde los que se asoman los mensajeros, así los ojos dejan al descubierto el pasado, el presente, el futuro. Una cara neutra con ojos delatores de aquellos hombres tan soberbios, o de aquellos otros tan humildes, cuyas almas escapan y se desvelan. ¡Cuánta mujer joven grita a través de las pupilas que está buscando el verdadero amor, la palabra sincera, el abrazo confortante! ¡Cuántas miradas esquivas no son sino un intento de esconder pecados estruendosos o pasiones sinfónicas! ¡Cuántas gafas de sol tratando de acallar el clamor del espíritu! ¡Cuántas cortinas de lágrimas recriminan al mensajero osado! ¡Cuántos párpados en apariencia cansados o atareados enmudecen la confidencia silenciosa!

 Cuando se crea el silencio de la mirada, a veces podemos encontrar ojos que construyen lazos que tocan la piel. Porque las miradas pueden tener tacto. En ocasiones se evidencian las caricias robadas en el centelleo curioso, en el entornar los ojos acuosos. Pero también las caricias llenas de reverencia y veneración se escurren a través del iris. Los ojos que revuelven los cabellos con ternura o rozan las mejillas lo hacen de dentro hacia afuera. Primero se cuelan por las pupilas hasta el centro de la persona, hasta acariciar el corazón –o el alma- con tanto cuidado que desde ahí dentro consiguen poner de puntillas toda la piel. Eso intuía Becquer cuando decía que “el alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada”. La piel puede también temblar o encogerse de miedo y dolor frente a una mirada brusca y dura. Ante los ojos raudos y fríos, la respuesta es enrocarse, paralizarse, tratar de esquivar el golpe o huir si ya se ha notado el impacto. Ante ciertas miradas solo queda buscar sujeción y escondite en el suelo, tratar de deshacer los nudos que sujetan el puente invasor.

 Van Gogh grita desde su Autorretrato de 1889. ©Musée d’Orsay

Van Gogh grita desde su Autorretrato de 1889. ©Musée d’Orsay

 Por último hay miradas que indagan en esos nudos, ojos que intuyen la mejor forma de disponer los lazos para construir puentes. Son ojos que parecen oler los aromas más sutiles, que parecen paladear cualquier atisbo de dulzura o cualquier resquicio de amargura. Los ojos de Sherlock que ven lo invisible y encuentran lo escondido. Mirada de sabueso que persigue una pista, mirada franca del perro de caza que con gesto pausado descubre las huellas del animal sigiloso. Son los ojos del confesor, los ojos de la madre, los ojos del verdadero maestro, del médico. Unos ojos que saben cuando hay algo no mostrado, unos ojos que penetran con su claridad en busca del despojo corrupto, de la herida inflamada. Estos ojos no tocan, pero su conocer anima, con un tic ligero de las cejas y la nariz, a arrojar los velos o descubrir los rincones.

 Los ojos no solo captan formas y colores. Los ojos hablan, comparten, acercan o alejan. Los ojos delatan, los ojos aplauden. Los ojos hablan, escuchan, tocan y huelen. Y por eso se entienden tantas miradas esquivas, tantas lágrimas ruborizadas. ¡Qué maravilloso misterio el de los ojos de los hombres! ¡Cuántas historias y aventuras con tan solo mirar de frente, con pausa!