Lectura

Cuentos y fábulas. Historias que salvan

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¿Por qué Cult-Roots? ¿Por qué ese empeño por la cultura y su incidencia en la persona? ¿Por qué no volverse a la efectividad del emprendimiento, a las respuestas de la psicología? ¿De qué le sirve al hombre de hoy esa mirada hacia el pasado? Cada vez estoy más segura de algo: la cultura salva.

La cultura salva al hombre sin brújula, al hombre abandonado a su suerte en un desierto de apatía y soledad. La cultura es el mapa para el navegante desorientado, sin una ruta marcada, pero con cientos de caminos señalados. La cultura es un faro que avisa del peligro a quien atraviesa una tormenta oscura y violenta. La belleza salva. Con su misterioso encanto nos recuerda que lo nuestro no son las batallas apresuradas, la oscuridad de lo violento y peligroso, ni el desierto del sin-sentido. La belleza nos eleva del suelo y nos hace vernos como somos: seres pequeñitos, pero llamados a la eternidad.

La belleza salva.  El caminante sobre el mar de nubes , Caspar David Friedrich, 1818.

La belleza salva. El caminante sobre el mar de nubes, Caspar David Friedrich, 1818.

La belleza eleva, y la belleza narrada guía. Las historias pueden salvarte la vida. Millones de personas han pisado la tierra que tú pisas y se han sentido tan perdidos como tú. Podemos llenar nuestras estanterías con libros de auto-ayuda, pero también en la sección de narrativa encontramos grandes guías. Es más, probablemente hayas acudido ya antes a algunos de los grandes mapas más precisos, pero quizás entonces no andabas perdido. ¡Cuántas respuestas encuentra el hombre en los cuentos!

Cuando somos adultos, los cuentos verdaderamente buenos tienen un especial atractivo. Tras un largo y ruidoso trayecto al trabajo, una comida acelerada marcada por la tensión de no cumplir los objetivos del día, una impresora averiada y una tormenta imprevista, los cuentos nos sacan de la rutinaria sucesión de eventos. C.S. Lewis, en su breve análisis sobre las historias, habla de los efectos que éstas tienen en el lector. ¿Qué es lo que nos atrapa de una historia?, se pregunta. ¿Es la excitación que provoca la aventura o hay algo más? La aventura, afirma, excita de modo veloz nuestros nervios, mientras que la historia en sí arroja un hechizo susurrante sobre nuestra imaginación. Los cuentos, las fábulas, no corren con los detalles prácticos de la vida real, sino que trasladan al protagonista -y al lector- a otro mundo. Esos mundos de fantasí y magia se convierten en lugares acogedores, en paisajes en los que el hombre se pasea sin complicaciones y encontrando parajes familiares. ¿Cómo puede ser que nos sintamos comprendidos y explicados en los cuentos? Dice Lewis que

Para construir ‘otros mundos’ creíbles y emotivos, hay que recurrir al único ‘otro mundo’ real que conocemos: el del espíritu.
— C.S. Lewis, On Stories.

Por eso, los mundos de fantasía son un mapa para nosotros, la mejor guía de los peligros y oportunidades del mundo de nuestro espíritu. En un ambiente de fantasía, rodeados de extrañas criaturas y sucesos, podemos vernos reflejados en los personajes. Mundos irreales, narrativas sencillas, acciones evidentes que proyectan su luz con fuerza por compartir el mismo corazón y el mismo espíritu.

In life and art both, as it seems to me, we are always trying to catch in our net of successive moments something that is not successive”, añade también el escritor británico analizando la narrativa a la que estamos acostumbrados y los misterios que entraña. Ese “algo más” que buscamos en las historias, trasciende los eventos y es lo que muchas veces se nos presenta como guía y luz. ¡Qué difícil explicar nuestras ansias, nuestros sueños, nuestras vidas con una serie de sucesos! Hay cientos de manuales de psicología, cientos de ensayos sobre el actuar y sentir humano, cientos de conferencias motivacionales que procuran pulsar el núcleo común de toda persona. Y, sin embargo, cuando nos enfrentamos a esas explicaciones, es fácil encontrar un punto que no acabe de casar bien con nuestro caso particular. Podemos incluso perdernos más, ya que esa ruta que se marca como definitiva, puede sernos ajena, extraña… El viajero confuso en los senderos de su alma quizás no encuentre orientaciones en la ciencia o en las explicaciones cerradas.

También Tolkien ofreció un buen número de rutas y sendas que recorrer.

También Tolkien ofreció un buen número de rutas y sendas que recorrer.

Las historias salvan, ofrecen rutas ligeramente sugeridas, pero rutas que atraen y sobre las que podemos proyectar todo nuestro recorrido. Las razones cerradas no siempre satisfacen, quizás porque el tiempo del alma necesita imágenes de sueños y fantasías. Resulta difícil para el viajero ordinario trazar y describir la ruta por la que camina, sobre todo cuando el sendero atraviesa zonas oscuras e inóspitas. La persona desconcertada, desorientada, no encuentra palabras precisas para situarse, no encuentra su ubicación y tampoco la posible salida. Sin embargo, una etapa amarga puede explicarse y entenderse con mayor tino mediante la imagen de una esquirla de un espejo demoniaco clavado en el corazón, como nos enseña La Reina de las Nieves de Hans Christian Andersen. Nuestra prisa que parece conducirnos a la nada gris puede ser redimida y evitada por el tiempo lento de la niña Momo, y el dolor por el amor que se aleja tiene más sentido en los gestos y palabras de un zorro y un Principito.

La belleza narrada guía al hombre perdido. Las historias son un faro de visiones pasadas en la misma oscuridad que aún nos ciega. Los cuentos son huellas de personas que recorrieron los caminos que nos aterra tomar. Volver a leer los cuentos que en la infancia nos atraparon suele tener una fuerza arrolladora en la edad adulta. Solemos excusarnos si volvemos a releer esas historias que marcaron nuestra infancia, o incluso podemos tener un mal recuerdo de aquellos cuentos que hubimos de leer en la escuela, sin embargo, hay grandes obras que ocultas bajo el disfraz de “literatura infantil”, tienen un gran poder para señalar caminos en la edad adulta. La belleza narrada salva, nos acompaña en nuestro hoy confuso y nos presenta el camino hacia el verdadero mañana.

 

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Compartir el arte, vivir el arte

Bilbo checks his book Cult-Roots

  ¿Has querido compartir alguna vez tu libro o película favorita con un amigo enseñándole un fragmento, leyéndole un pasaje? La experiencia propia me dice que pocas veces consigues emocionar al otro. ¡Qué sensación de impotencia y fracaso provoca ese mostrar esa escena tan querida sin que al otro se le ponga la piel de gallina como a ti! Esa recepción que tan solo consigue indiferencia y prejuicio desaniman hasta al más entusiasta. ¿Por qué no ve lo que yo veo? ¿Por qué no vibra con lo que yo vibro?

  Nos encantan las citas, los clips de películas, los fragmentos de obras teatrales o musicales: el consumo rápido e instantáneo. Cada vez nos cuesta más mantener la atención durante periodos prolongados de tiempo, por lo que, a veces, intentamos captar y valorar una obra mediante un breve fragmento. Cuando un libro -o una película, o una ópera- nos captura, no es porque nos aporten un instante -o una serie de instantes- de disfrute, sino porque esa obra se ha convertido en una experiencia vivida, en un proceso que nos implica personal y totalmente. Un libro o una obra de arte pueden cambairte la vida, sí, pero tan solo si les permitimos permear hasta lo más hondo de nuestro ser.

  Suelo decir que la cultura es apasionante, pero lo es tan solo cuando la vivimos, la pensamos, la interiorizamos. El consumo de música, literatura, cine o arte es incapaz de mover nuestras pasiones profundas si es superficial, pero cuando lo acogemos con tiempo y apertura, puede llegar a los pliegues más hondos de nuestro ser, y puede remover nuestros cimientos. Ya Artistóteles hablaba de ese poder que tiene el arte -se refería específicamente a la tragedia- de sacudir nuestras emociones con fuerza provocando la catarsis. La recepción de una historia o de una obra bella puede cambiar nuestro corazón, puesto que la vivimos y la convertimos en una realidad íntíma a nosotros que afecta y educa nuestras emociones. He ahí el gran obstáculo para compartir la cultura con otra persona. Las grandes escenas y pasajes de las artes narrativas (literatura, cine, ópera y ballet) tienen un grado de maestría en sí, pero tan solo adoptan ese valor transformador dentro del contexto de la totalidad de la obra. Veámoslo con algún ejemplo.

  Al comienzo del segundo acto del ballet Giselle, hay una escena bellísima: la danza de las Willis. El cuerpo de baile se desliza por el escenario con cuidado, con precisión. Gestos contenidos, casi espirituales, en una atmósfera gótica, introducen al espectador en la fábula. Es una danza hermosa, oscura y misteriosa, sí; pero mayor fuerza transmiten esos espectros para quien ha seguido la historia de la joven Giselle y entiende que también ella bailará ahora así: tratando de abrazar al bebé que jamás tendrá por haber sido engañada y rechazada. Esa danza atraviesa el corazón y agita los afectos de quien ha sentido la indignación y la frustración con la protagonista.

  Del mismo modo, la confesión llena de agradecimiento de Frodo a Sam al pie del Monte del Destino solo arrancará una noble ilusión en quien haya acompañado a los dos hobbits desde la Comarca hasta las oscuras tierras de Mordor. Solo quien haya luchado por comprender a Frodo, corrompido por el Anillo, del mismo modo en que lo ha hecho Sam, solo quien haya sido testigo y protagonista de todo lo bueno y de todo lo malo, querrá también agradecer de corazón ese final de todas las cosas. También solo quien haya soñado con el futuro esperanzador de los niños del orfanato Fondo del Estanque, quien haya deseado crear en ellos una chispa de admiración hacia el bien, entenderá que los aviones de papel de los chicos del coro portaban mucho más que un adiós.

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  Piensa en las escenas u obras de arte que te facinan. Trata de explicar el porqué de tu ilusión. Descubrirás un proceso que tocó varios aspectos de tu intimidad, de tu historia personal ahí compartida. Esas escenas que arrancan lágrimas, encienden iras o hacen estallar en nosotros risotadas o suspiros, van tejidas con varias puntadas al fondo del corazón. La catarsis sorprende solo al valiente que, con humildad, se deja  vencer por una obra a la que dejó entrar hasta lo más profundo de su ser. La cultura es, entonces, apasionante y transformadora. La cultura vivida en primera persona, la cultura asimilada, pensada y amada, nos modela y nos transforma.

 

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El tesoro del lenguaje

Lady Writing a Letter with her Maid, Vermeer. Cult-Roots

    Me gustan las palabras precisas, sí. Me gustan porque se refieren a realidades precisas, con significados estables, con valores concretos. Y me gusta emplear las palabras con la intención de remitir al concepto al que se refieren, no como un modo de engañar, ni como simple decoración. Las palabras son, en cierto sentido, sagradas, puesto que tocan realidades que nos trascienden. Palabras, verdaderas maravillas, construcciones humanas que tratan de atrapar el más allá.

  Nacemos rodeados de lenguaje de un modo natural. Quizás no le damos ninguna importancia especial, sin embargo, nos esforzamos en que los niños lo aprendan y dominen en la medida de sus posibilidades. El lenguaje es una muestra del poder del hombre de conocer la realidad, de ponerse a su altura. Con gran naturalidad lo adquirimos, y con él, el pensamiento y la comprensión de la realidad, como descubrimos de mano de la criatura de Frankenstein, que aprende a hablar escondido en una cabaña: 

Poco a poco hice un descubrimiento de aún mayor importancia. Me di cuenta de que aquellos seres tenían un modo de comunicarse sus experiencias y sentimientos por medio de sonidos articulados. Observé que las palabras que utilizaban producían en los rostros de los oyentes alegría o dolor, sonrisas o tristeza. Esta sí que era una ciencia sobrehumana y deseaba familiarizarme con ella. Pero todos mis intentos a este respecto eran infructuosos. Hablaban con rapidez y las palabras que decían, al no tener relación aparente con los objetos tangibles, me impedían resolver el misterio de su significado.
Sin embargo, a base de grandes esfuerzos, y cuando ya había pasado en mi cobertizo varias lunas, aprendí el nombre de algunos de los objetos más familiares como fuego, leche, pan y leña. También aprendí los nombres de mis vecinos. La joven y su hermano tenían ambos varios nombres, pero el anciano sólo tenía uno, padre. A la muchacha la llamaban hermana o Agatha y al joven Félix, hermano o hijo. No puedo expresar la alegría que sentí cuándo comprendí las ideas correspondientes a estos sonidos y pude pronunciarlos.
— Frankenstein, Mary Shelley.

  ¡Qué gran tesoro es el lenguaje para el hombre! Es un don que se nos da, pero que hay que proteger con celo y arrojo. Custodiar un tesoro como el lenguaje requiere guardianes atentos a la falsificación y a la copia barata y hueca. Centinelas convencidos de que cada palabra remite a un aspecto del mundo que ya hemos dominado. Centinelas que no se dejen engatusar por quienes tratan de enriquecerse robando nuestro tesoro, forzando los significados hasta conseguir separar la palabra de su concepto. Esos ladrones se justifican diciendo que tan solo nos liberan de una convención, pero si se lo permitimos, tardaremos en descubrir que consiguieron desposeernos de la porción de realidad que habíamos ganado.

  Quien no vigila celosamente su lenguaje, su vocabulario, su gramática, su sintaxis, queda a la merced del viento, del ladrón y del asesino. Nietzsche apuntaba a este vínculo entre lenguaje y trascendencia, y buscaba asestarle una estacada mortal, ya que, en sus palabras:

mucho me temo que no conseguiremos librarnos de Dios mientras sigamos creyendo en la gramática…
— Nietzsche, El Ocaso de los Ídolos

Efectivamente, cuando las palabras dejan de tener significado, la realidad deja de existir, o se hace extremadamente confusa. Discutía hace poco sobre un texto que proponía una interpretación de una película desde una perspectiva objetivamente imposible. Me aventuré a defender que esa obra no trataba sobre el asunto en cuestión y que los argumentos esgrimidos para sostener dicha defensa no se cimentaban sobre la realidad de la película. Y ahí comenzó el duelo del lenguaje contestándome que toda interpretación era válida. La discusión continuó hasta llegar a afirmar que se podía interpretar un mismo texto desde una perspectiva y desde su opuesta con la misma validez. ¿Por qué? Porque "nada significa nada". ¡Me había topado con un verdadero ladrón de conceptos! Aceptar sus premisas suponía comprometer el lenguaje, que se convertiría en un juego absurdo, en un instrumento innecesario por encontrarnos cada uno en un mundo distinto e irreal. Y así, el tesoro del lenguaje termina empleándose como arma, como droga que aletarga.

Joven artista recibe un consejo. Honoré Daumier.

Joven artista recibe un consejo. Honoré Daumier.

  Sin embargo, el guardián celoso también requiere audacia y arrojo. No basta proteger el lenguaje, hay que desarrollarlo, mostrarlo y compartirlo. El artista sabe que las palabras son peligrosas, sabe que contienen un gran poder y, a la vez, una gran limitación. ¡Cuánto tiempo dedica el poeta a buscar la palabra exacta! ¡Y cuánta frustración cuando esa palabra no es suficiente! El verdadero artista (aunque no trabaje con palabras) será siempre un buen guardián del tesoro, pues empeñará sus mejores fuerzas en llegar más allá, en dar con la palabra que exprese su ansia de algo mayor, en conseguir el trazo que copie la luz que quiere atrapar, en hallar la nota que exprese una emoción vivida. En esa búsqueda tenaz, el artista descubre su fracaso con humildad y experimenta la limitación del lenguaje. El artista sufre esa imposibilidad del hombre de poseer con plenitud lo que busca, se topa con lo inalcanzable, con lo inefable. Y en el silencio vencido vivirá, tratando de captar algún atisbo de eso que queda fuera del alcance de nuestro lenguaje, de aquello que trasciende al hombre. Vivirá protegiendo y cultivando lo conocido -lo bello, lo verdadero- y tratando de rozar ese más allá de la Belleza y la Verdad.

 

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Ficción. Mundos humanos en el corazón.

Portrait of Edmond Maitre (The Reader) Pierre-Auguste Renoir

  Quienes no disfrutan leyendo piensan que los lectores "pasan más tiempo en un mundo irreal" o pueden incluso considerarlos cobardes o irresponsables que buscan huir del mundo y de la realidad. A veces, también quienes disfrutan de la lectura hablan de ella como de una "vía de escape", cosa que no acabo de comprender por mucho que haya quienes lean "para olvidar". No, la literatura -o al menos la buena literatura- no es una droga que anestesia, no es un psicodélico que conduce a ensoñaciones irresponsables. Las buenas historias, incluso las de fantasía o ciencia ficción, más que hacernos olvidar, nos ayudan a recordar.

  Al abrir un libro y pasar sus hojas, cruzamos el umbral no a un mundo paralelo al nuestro, sino a uno que se asemeja a él. Los personajes y aventuras convincentes nos arrastran con fuerza, porque convierten al lector en protagonista. Una mala obra, muchas veces, no consigue atraparnos porque no logra identificarnos con sus héroes, porque no son verdaderos humanos. Por supuesto, no me refiero a una humanidad en la apariencia externa, sino a la identificación del corazón humano: muchas veces encontramos personajes más humanos que nuestros vecinos en forma de extrañas criaturas. Así, por ejemplo, hay miles de monigotes de humanos llenando nuestros libros o nuestras pantallas, hombrecillos que actúan de forma estereotipada, programados como "tipos" y no como personajes. Por eso podemos reconocer muchas cualidades semejantes a nosotros entre las escamas color madreperla de Fújur, el dragón de la suerte de La Historia Interminable, o incluso podemos querer parecernos a seres más nobles como el hobbit Sam.

  En la ficción nos encontramos, nos explicamos a nosotros mismos, como señalaba Ursula LeGuin:

We read books to find out who we are. What other people, real or imaginary, do and think and feel... is an essential guide to our understanding of what we ourselves are and may become.
— Ursula K. LeGuin

Cuando una persona se sumerge en silencio en las páginas de una novela o cuando se siente la única espectadora en una sala de cine, su mente no se escapa a un mundo exterior, sino que se adentra en un mundo posible dentro de su corazón.

Fragmento de El lector (Monet), de Pierre-Auguste Renoir.

Fragmento de El lector (Monet), de Pierre-Auguste Renoir.

  Leía hace poco que quienes leen tienden a ser más empáticos y es que el buen lector ha tratado a miles de humanos en esos mundos posibles. Y, por supuesto, si ese encuentro se aborda con seriedad, uno aprende a escuchar, a recibir los consejos de esos personajes, a arrepentirse con sus fallos, a tolerar sus defectos. Y también por eso los sabios aconsejan leer obras selectas, es poco el tiempo y muchos los libros:

Lo que conviene es conformarse; conformidad con esa realidad que se nos impone de no leer en este trecho temporal más libros que los que en él se pueden leer honda, fecunda y delicadamente.
¿Que no pueden ser muchos? Pues que sean buenos.
— Pedro Salinas. "Defensa de la lectura", en El Defensor.

¡Cuántas lecciones morales aprendemos acompañando a nuestros héroes antes que en la escuela! No es lo mismo, todos lo sabemos, que tu padre insista en que no debes mentir, a ver a un pobre muchachito leñoso con una inmensa escoba por nariz. Y, por supuesto, también los adultos vamos puliendo el rugoso mármol de nuestro corazón con la vida, los amigos y esos mundos posibles plagados de miles de conocidos.

  Las historias no son una sucesión de hechos, son caminos que buscan nuestros pasos. En las buenas historias, no solo encontramos lecciones, sino que las vivimos, puesto que van creciendo y desarrollándose dentro de nosotros. Michael Ende viajó a muchos mundos y nos ofreció otros tantos, con un manual de instrucciones presentado a Bastian Baltasar Bux, y a nosotros a través de él:

Todos los que estuvieron con nosotros [en Fantasía] aprendieron algo que sólo aquí podían aprender y que los hizo volver cambiados a su mundo. Se les abrieron los ojos, porque pudieron veros con vuestra verdadera figura. Por eso pudieron ver también su mundo y a sus congéneres con otros ojos.
— La historia interminable, Michael Ende.
 

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