Mirar el arte

Compartir el arte, vivir el arte

Bilbo checks his book Cult-Roots

  ¿Has querido compartir alguna vez tu libro o película favorita con un amigo enseñándole un fragmento, leyéndole un pasaje? La experiencia propia me dice que pocas veces consigues emocionar al otro. ¡Qué sensación de impotencia y fracaso provoca ese mostrar esa escena tan querida sin que al otro se le ponga la piel de gallina como a ti! Esa recepción que tan solo consigue indiferencia y prejuicio desaniman hasta al más entusiasta. ¿Por qué no ve lo que yo veo? ¿Por qué no vibra con lo que yo vibro?

  Nos encantan las citas, los clips de películas, los fragmentos de obras teatrales o musicales: el consumo rápido e instantáneo. Cada vez nos cuesta más mantener la atención durante periodos prolongados de tiempo, por lo que, a veces, intentamos captar y valorar una obra mediante un breve fragmento. Cuando un libro -o una película, o una ópera- nos captura, no es porque nos aporten un instante -o una serie de instantes- de disfrute, sino porque esa obra se ha convertido en una experiencia vivida, en un proceso que nos implica personal y totalmente. Un libro o una obra de arte pueden cambairte la vida, sí, pero tan solo si les permitimos permear hasta lo más hondo de nuestro ser.

  Suelo decir que la cultura es apasionante, pero lo es tan solo cuando la vivimos, la pensamos, la interiorizamos. El consumo de música, literatura, cine o arte es incapaz de mover nuestras pasiones profundas si es superficial, pero cuando lo acogemos con tiempo y apertura, puede llegar a los pliegues más hondos de nuestro ser, y puede remover nuestros cimientos. Ya Artistóteles hablaba de ese poder que tiene el arte -se refería específicamente a la tragedia- de sacudir nuestras emociones con fuerza provocando la catarsis. La recepción de una historia o de una obra bella puede cambiar nuestro corazón, puesto que la vivimos y la convertimos en una realidad íntíma a nosotros que afecta y educa nuestras emociones. He ahí el gran obstáculo para compartir la cultura con otra persona. Las grandes escenas y pasajes de las artes narrativas (literatura, cine, ópera y ballet) tienen un grado de maestría en sí, pero tan solo adoptan ese valor transformador dentro del contexto de la totalidad de la obra. Veámoslo con algún ejemplo.

  Al comienzo del segundo acto del ballet Giselle, hay una escena bellísima: la danza de las Willis. El cuerpo de baile se desliza por el escenario con cuidado, con precisión. Gestos contenidos, casi espirituales, en una atmósfera gótica, introducen al espectador en la fábula. Es una danza hermosa, oscura y misteriosa, sí; pero mayor fuerza transmiten esos espectros para quien ha seguido la historia de la joven Giselle y entiende que también ella bailará ahora así: tratando de abrazar al bebé que jamás tendrá por haber sido engañada y rechazada. Esa danza atraviesa el corazón y agita los afectos de quien ha sentido la indignación y la frustración con la protagonista.

  Del mismo modo, la confesión llena de agradecimiento de Frodo a Sam al pie del Monte del Destino solo arrancará una noble ilusión en quien haya acompañado a los dos hobbits desde la Comarca hasta las oscuras tierras de Mordor. Solo quien haya luchado por comprender a Frodo, corrompido por el Anillo, del mismo modo en que lo ha hecho Sam, solo quien haya sido testigo y protagonista de todo lo bueno y de todo lo malo, querrá también agradecer de corazón ese final de todas las cosas. También solo quien haya soñado con el futuro esperanzador de los niños del orfanato Fondo del Estanque, quien haya deseado crear en ellos una chispa de admiración hacia el bien, entenderá que los aviones de papel de los chicos del coro portaban mucho más que un adiós.

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  Piensa en las escenas u obras de arte que te facinan. Trata de explicar el porqué de tu ilusión. Descubrirás un proceso que tocó varios aspectos de tu intimidad, de tu historia personal ahí compartida. Esas escenas que arrancan lágrimas, encienden iras o hacen estallar en nosotros risotadas o suspiros, van tejidas con varias puntadas al fondo del corazón. La catarsis sorprende solo al valiente que, con humildad, se deja  vencer por una obra a la que dejó entrar hasta lo más profundo de su ser. La cultura es, entonces, apasionante y transformadora. La cultura vivida en primera persona, la cultura asimilada, pensada y amada, nos modela y nos transforma.

 

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El buen cine. Vidas de luz y sonido

la misión Cult-Roots

   Siempre explico que el cine tiene el poder fascinante de hacer visible lo invisible, de encarnar sentimientos y decisiones. "El personaje está enfadado", ¿en qué lo ves? "Siente celos", ¿en qué detalle de la película entiendes eso? Me resisto a hacer cinefórums porque normalmente, una buena película no requiere una pregunta externa que interpele al espectador. ¿Qué hace que una película sea buena? Hay muchos factores, pero lo que es seguro es que las buenas películas plantean preguntas ellas mismas, y normalmente lo hacen en silencio.

  Hace años dirigí un cinefórum. La idea planteada era hablar de compromiso a los ideales a raíz de la película Amazing Grace. Decidí cambiar el funcionamiento de la sesión, empezando por el título de la actividad: no haríamos un cinefórum, sino una actividad para aprender a ver cine. No dejé a un lado la temática que se deseaba tratar, pero la traje a colación a raíz de esa magia cinematográfica que supone el encarnar las historias. ¿Qué hace avanzar un relato? Hay historias construidas sobre acciones, otras sobre personajes, pero en ambas la trama se levanta sobre las decisiones del protagonista. Cuando uno estudia los rudimentos de la escritura de guiones, trata sobre conflictos, decisiones, resoluciones, obstáculos... Un detonante pone una situación frente a un personaje, situación que propone una disyuntiva. El personaje se convertirá en el héroe cuando identifique que ha sido llamado a una misión y la acepte. Frodo podía haber escondido el anillo, fin de la película. Wall-E podía haber asumido que la marcha de Eva de la tierra era algo inevitable y entonces habría regresado a sus pilas de basura. Y el protagonista de Amazing Grace podía haberse quejado de la injusticia cometida hacia los esclavos en su blog personal, fin del conflicto. Pero no, se involucran de forma más o menos consciente y se embarcan en una misión.

El personaje de  Tiburón  ( Jaws , Spielberg, 1975) decide actuar y enfrentarse a sus miedos con un beso.

El personaje de Tiburón (Jaws, Spielberg, 1975) decide actuar y enfrentarse a sus miedos con un beso.

  Compromiso con la misión recibida, ¿en qué se manifiesta? En las decisiones tomadas que se convierten en acciones. Este es el principio de cualquier actuar humano: la persona se dirige a un fin, sopesa las distintas opciones para alcanzarlo, elige la mejor y decide llevarla a cabo. En el buen cine todos esos elementos se nos muestran de forma sutil, igual a como sucede en nuestras vidas. La elección va por dentro, la decisión tiene efecto fuera. ¡Qué gran frustración siente el cinéfilo cuando la película no sabe traducir el conflicto interno en acciones externas y recurre a discursos obvios o grandilocuentes! El hombre comprometido, el héroe que da la vida para alcanzar la felicidad en su misión, jamás expondrá sus miedos en un monólogo bajo la lluvia, ni compartirá sus resoluciones con su mascota.

People don’t always express their inner thoughts to one another; a conversation may be quite trivial, but often the eyes will reveal what a person really thinks or feels.
— Alfred Hitchcock

  Las buenas obras del cine aprovechan su lenguaje propio, no son novelas en movimiento, son tiempo y luz. Hace poco fui a una conferencia sobre cine impartida por una filóloga que no dejaba de afirmar que los teóricos del cine han olvidado el sonido y el diálogo. ¡Nada más lejos de la realidad! El buen crítico, el buen cineasta, el buen profesor, están convencidos de que en la pantalla se encarnan las historias. El cine construye con formas, colores, sonidos y música, diálogos y silencio. Con luz y tiempo. Un zoom hace que un anillo se vuelva inmenso, las voces se alejan y la música y el sonido crecen. Ese anillo se ha convertido en una misión personal, la elección ha tardado un rato, los segundos del zoom, y la decisión es firme aunque todavía tímida: "Yo iré". Un oboe asustado recupera su voz en la selva. Melodía asustada y temblorosa, hay obstáculos y dudas en la elección, pero que continúa cogiendo fuerza y dando carne a la libertad de un misionero. Un niño juega en la noche con su padre, en silencio. Una cara amorosa que busca asustar al hombre le devuelve el valor para lanzarse al mar y atrapar a la enorme criatura. Las mandíbulas del tiburón son terroríficas, los dientes de leche del hijo tienen más fuerza. Y el hombre se lanza al mar sin verbalizar sus miedos ni gritar sus decisiones.

Movimiento de cámara, diseño de sonido y música para dar vida a un acto de elección.

  El cine nos enseña a ser más humanos y menos monigotes. Bueno, solo el buen cine lo hace. Esas películas trazan con delicadeza los senderos de la libertad humana. Miradas que descubren miedos, canciones que trenzan dudas y respuestas, sonidos que conducen al yo a lo más íntimo y lo aislan del mundo, gestos que gritan desesperanzas. El cine, el buen cine, nos asoma al alma humana y nos facilita el poder hacerlo en el día a día. Veía hace poco una entrevista para The Guardian a Jeff Nichols, director de la película Loving, en la que reconocía su intención de dejar espacio al espectador para observar y descubrir el fondo del hombre tras un rostro:

Vivimos en un tiempo en el que el público ha sido educado en la narración visual, y existe la idea errónea de que la narración comienza cuando las personas empiezan a hablar. No es verdad, no lo creo. Cuando las personas entran en la escena, es cuando comienza la historia. Los personajes entran en la habitación con un comportamiento. Y cuando agregas a otra persona, eso se complica. Y el público es tan bueno mirando las caras de las personas y diciendo “¿Es un buen tipo? ¿Es un tipo malo? ¿Cómo están relacionados el uno con el otro? “... Es una herramienta realmente fascinante como cineasta, solo tienes que ejercitarla.
— Jeff Nichols, Entrevista para The Guardian.

  El buen cine confía en esa capacidad que tenemos de captar lo esencial en pequeños detalles. El mal cine piensa que todo ha de ser evidente, que todo ha de contarse y explicitarse. ¡Qué poco humano es ese manoseo de emociones, intimidades y libertades que encontramos tantas veces en la pantalla! Y a la vez, ¡cuánta fuerza tiene ese manoseo que parace ir convirtiéndose en el actuar normal fuera de pantalla! Discursos postizos pasan a las bocas de nuestros amigos, gestos esperpénticos significan un "te quiero" en nuestra sociedad, grandes lágrimas y gemidos quieren significar dolor. Exageraciones inventadas en malos relatos se convierten en realidades, como ciudades de papel que afectan desde la ficción al mundo real.

  Las películas nos educan, limpian nuestras gafas y enseñan a mirar el mundo y al hombre. ¡Qué ingenuidad pensar que el entretenimiento no afecta a lo radical del hombre! Lo que decidimos ver en pantalla nos dará ojos nuevos, más finos o velados por las cataratas. Aprender a ver decisiones y elecciones sin palabras es una lección valiosa.

 

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Relato y espejo. Conocer al hombre en las historias

Psycho, Hitchcock.

  Sé lo que es un cormorán por un cuento que leí siendo niña. Conocí al dios Anubis y al faraón Akhenatón en páginas llenas de ilustraciones. Sé que el río Neva baña la ciudad de San Petersburgo porque caminé por su orilla acompañada de Dostoievsky. Durante mis años de colegio viajé a China, a Alaska, a la Tierra Media. También entendí lo que era un gueto con Spielberg y Schindler, aprendí algo de entomología con CSI y grité en el Coliseo con Russell Crowe. He visto muchas culturas y civilizaciones desde un párrafo impreso y desde unas imágenes en pantalla.

  Lo aprendido, lo leído y visto, forman una maraña densa que me permite mirar no solo desde mis ojos, sino desde los de otros. Frente al televisor que mostraba las luces violentas en la noche sobre Irak no estaba yo sola, Ana Frank gritaba en las páginas de un diario desplazado en el tiempo. Y mientras paseo en primavera y levanto los ojos a los árboles, Malick me devuelve la mirada y me habla del cuidado de un Dios que puso esa luz dorada capaz de atravesar el verde vivo de las hojas. Las gárgolas de las grandes catedrales parecen sonreir y cantar con discreción, como lo hacían en el París de Disney. Y siempre imagino que bajo alguna oveja que pasta en el campo se esconde algún hombre que huye de un gigante cíclope. Pero no solo la visión del mundo cambia por los libros que leemos o las películas que vemos, sino también la percepción del propio yo. ¡Cuánto dicen sobre nosotros los libros que leemos!

Mis libros (que no saben que yo existo) son tan parte de mí como ese rostro de sienes grises y de grises ojos que vanamente busco en los cristales.
— Jorge Luis Borges, El libro de arena.

  Efectivamente, en cada uno de nosotros hay varias capas hechas de eso que fríamente llamamos cultura, capas que permean hasta lo más hondo de nuestro ser y nos dan una base sobre la que construirnos y crecer, capas a las que me gusta llamar raíces culturales. Pero no quiero tratar ahora sobre cómo nos configura la cultura, sino sobre los relatos que funcionan como un espejo que refleja la imagen del hombre. Decía Stendhal que "una novela es un espejo que se pasea por un gran camino", un espejo con muchas facetas, que devuelve fragmentos de muchos hombres distintos, pero en el que cada uno puede verse reflejado. ¿Por qué continúan apelándonos las grandes obras del arte? ¿Qué encontramos aún hoy en los clásicos de la literatura y las grandes películas? Encontramos pequeños susurros, tímidos algunos y otros con seguridad y orgullo, susurros que proponen su personal respuesta a la pregunta "¿Quién soy?", o más bien "¿Quiénes somos?".

  C.S. Lewis, experto pensador de pluma y máquina, aseguraba que los artistas habían de ser gente profunda que hubiera pensado y rumiado la realidad, puesto que en sus obras, de las que muchos beberían, se trasluciría su visión del mundo y del hombre:

The great artist -or at all events the great literary artist- cannot be a man shallow either in his thoughts or his feelings. However improbable and abnormal a story he has chosen, it will, as we say, ‘come to life’ in his hands. The life to which it comes will be impregnated with all the wisdom, knowledge and experience the author has; and even more by something which I can only vaguely describe as the flavour or “feel” that actual life has for him. [...] And we may also—which is less important—expect to find in them [good literary inventions] many psychological truths and profound, at least profoundly felt, reflections.
— C.S. Lewis, An Experiment in Criticism.

  Muchas veces digo, en broma o en serio, que es complicado ser un buen humano, pero por suerte, contamos con historias que nos enseñan en qué consiste eso. Hay mil rincones de nuestra alma que tardaremos en conocer o en aceptar, y muchos se llenarán de claridad junto a un libro o una película. El efecto de un cormorán, de un faraón o un bombardeo en el corazón de una persona es una voz poderosa que hace estremeccer nuestros cimientos más profundos. ¡Cuánto nos ayudan en nuestro propio camino de la vida esas historias y relatos de los que nos nutrimos! ¡Cuánto nos explican sobre esos misterios y reacciones humanas que nos parecen inefables! Muchas veces una breve novela nos sumergirá hasta las profundidades del yo con mucha más potencia y claridad que manuales y manuales de psicología y filosofía.

El principito de Saint-Exupery, un gran espejo del hombre.

El principito de Saint-Exupery, un gran espejo del hombre.

   Para alcanzar lo más valioso del hombre, las palabras parecen más eficaces cuando sugieren que cuando explican, cuando narran que cuando argumentan. Y las historias, con paciencia, conseguirán domesticarnos y hacernos más humanos si nos sentamos un poco lejos, observamos por el rabillo del ojo y guardamos silencio, ya que el lenguaje es fuente de malentendidos. Y a base de acercarnos a las historias, miraremos el cielo y la tierra con nuevos ojos. Y si seguimos las lecciones de un pequeño zorro, gracias a las historias, aprenderemos a mirar con el corazón y captaremos lo verdaderamente esencial del hombre y del mundo.

  Muchos aspectos de nuestro yo se han formado con palabras leídas, con historias grabadas a fuego en nuestra cabeza y en nuestro corazón. Podemos entender en momentos de duda gracias a esos relatos, a esas vidas ficticias y claras como la luz. Lo comprobamos cuando necesitamos largas explicaciones para poder compartir el dolor ante el adiós de un piloto y un niño de cabellos dorados. O cuando tratamos de convencer a alguien de que correr tanto en la vida es absurdo acudiendo a frías estadísticas y estudios sociológicos, cuando una niña llamado Momo puede logar que lo comprendas guardando silencio. Las historias son un reflejo del hombre, un reflejo del que no podemos prescindir.

 

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La cultura, tus raíces

Sorolla @IngridRibas

  Piensa en cultura, ¿qué es lo primero que viene a tu mente? Efectivamente la palabra cultura parece venir ligada a imágenes polvorientas, páginas de papel áspero y macilento y olor a cerrado. Cultura: cuadros con marcoso rococó colgados de muros cubiertos de seda, piedras desgastadas y porosas en lugares insospechados, viejos vinilos de compositores con pelucas empolvadas. Cultura: tapices raídos, salas de museos en las que tan solo se escucha el paso lento y solemne de hombrecillos que susurran, gruesos volúmenes inútiles. No sé por qué, pero parece que eso es la cultura para nosotros. Y es una pena.

  No podemos acercarnos a esa realidad tan solo desde el respeto solemne y frío que da la distancia y la autoridad, merece la pena acariciar la cultura como haríamos con un viejo álbum fotográfico familiar encontrado en un baúl misterioso del ático de nuestra casa. Esa fascinación y emoción que producen las historias que escuchamos a nuestros abuelos, esa veneración delicada con la que miramos las fotos en que nuestros padres eran más jóvenes que nosotros.

  Me gusta ver la cultura, las obras de la cultura, como un conjunto de creaciones que dan lugar a los firmes pilares sobre los que se sostiene nuestra vida, nuestra Historia. Es difícil plantear un análisis o una reflexión sobre la cultura si no se juega con el misimo significado de la palabra. Siempre he concebido la cultura como una realidad vinculada a mis raíces personales y sociales. Ese vocablo trae a mi mente imágenes de artistas, de literatos, de películas, historias fascinantes que han superado la barrera del tiempo y el espacio, obras que interpelan y que explican al hombre. Hace poco, una amiga me hablaba sobre la serie televisiva Seinfeld y me comentó que ese programa había configurado "su sentido del humor y su cultura". Me encantó descubrir su comprensión de la cultura: un conjunto de obras que contribuyen a conformar nuestra manera de mirar y de entender el mundo. La cultura, así entendida, comienza a vislumbrarse como algo vinculado a lo social y a lo personal.

Fotograma del documental  First Cousin Once Removed  de  Alan Berliner .

Fotograma del documental First Cousin Once Removed de Alan Berliner.

  Sin embargo, emplear la palabra cultura puede resultar ambiguo o confuso, porque a nadie escapa que frecuentemente relacionamos el término con otros contextos. Cuando decidí lanzar la web Cult-Roots, hice un análisis de otras páginas y blogs sobre cultura. Descubrí que la mayor parte de los contenidos sobre cultura tenían que ver con eventos culturales: estrenos de películas, nuevas publicaciones de libros, exposiciones, producciones escénicas y musicales. El segundo contenido con más resultados, siguiendo a la "actualidad cultural" es el vinculado a cuestiones etnográficas o sociológicas. Yo buscaba algo distinto. ¿Qué es común a esos eventos programados o a esos grupos sociales? Un legado que proporciona una forma simiilar de comprender el mundo y la sociedad, y a sí mismo. Por eso Cult-Roots parte de una comprensión de la cultura como algo que se encuentra en nuestras raíces, la cultura es nuestro pasado.

  La palabra cultura está vinculada a una forma metafórica de comprender el conocimiento y la formación de la persona, como algo similar al cultivo. Séneca afirmaba que la filosofía era el cultivo del alma. Y como explica Juan Luis Lorda, esa comprensión de la filosofía hacía referencia a la comprensión de la vida, a un saber profundo sobre lo que el hombre es y debe ser. Así, la filosofía se entiende como cultura y humanismo, conocimiento y tarea. Las múltiples capas de creaciones artísticas e ideas compartidas sobre el mundo que se amontonan en mi pasado me permiten abordar la realidad desde una perspectiva propia. Así, cada uno se enfrenta al mundo desde un conjunto de costumbres y conocimientos que, si los estudiamos y hacemos propios en profundidad, nos permiten ver más allá. La cultura, como afirma Javier Gomá en un artículo publicado en La Vanguardia,

no es algo que nosotros veamos sino precisamente la condición de posibilidad de la visión, aquello que, siendo invisible para nosotros, nos faculta para ver las cosas, incluyéndonos a nosotros mismos.
— Javier Gomá, ¿Qué significa hoy la palabra ‘cultura’?

  La cultura, por lo tanto, apela a ese conocimiento o modo de expresar las inquietudes propias del hombre a lo largo de la historia. Tener cultura es conocer y entender esas huellas dejadas por quienes nos precedieron y decidieron dejar un legado para el futuro. Esa cultura va más allá del simple acopio, de la colección pedante de datos; es un conocimiento que sirve como medio, un conocimiento que dispone hacia el otro formando en el hombre una red de imágenes, ideas y expresiones que le hacen capaz de comprender quién es y quién es el hombre.

  Quiero explicar este conocimiento a través de un ejemplo. Hace unos meses hablaba con una amiga sobre Kierkegaard. No recuerdo haber estudiado su filosofía ni en el colegio ni en la Universidad, pero la cultura me permitió situarlo en su marco histórico y social propio. Me resultaron comprensibles sus planteamientos y cuestiones trayendo a la mente las ideas que podrían residir en un hombre coetáneo de Napoleón, del Frankenstein de Mary Shelley, de los eventos de la fragata Medusa representados por Delacroix, de la fascinación de la época que provocaba la ciencia de Newton y del pavor ante la misma intuído en el cuadro de Joseph Wright. Y conocer a Kierkegaard y a todos estos hombres y mujeres, me hizo reconocer asimismo huellas de esa mentalidad en mí y en tantos hombres de la época actual.

  Por eso entiendo la Cultura como algo de mis raíces, como un amplio álbum familiar vinculado a mis orígenes. Me emociona pensar en los artistas y filósofos como lejanos antepasados míos que me han ayudado a ser quien soy. No me determinan, pero sí me permiten ver el mundo y al hombre con una mirada propia, cultivada desde hace tiempo. ¡Qué aventura es descubrir en nuestro interior el rastro de estas personas y reconocernos "enanos a hombros de gigantes"! Ellos nos facilitan, como afirma John de Salisbury, a

ver más, y más lejos que ellos, no por la agudeza de nuestra vista ni por la altura de nuestro cuerpo, sino porque somos levantados por su gran altura
— John de Salisbury, Metalogicon.

  Estas son las raíces sobre las que Cult-Roots quiere reflexionar y sobre las que quiere invitarte a reflexionar. Así que ahora ya lo sabes, Mozart está en tu sangre y Van Gogh en tus genes. La cultura no es un manual lleno de polvo que conocen hombres calvos y aburridos, la cultura es tu pasado. El modo en que hablas, en que piensas, en que escribes, es una herencia de esos "familiares lejanos", una costumbre adquirida por contacto y tiempo. No pienses que la cultura es un asunto lejano; la cultura es tu pasado personal, es tu forma de ser. La cultura eres tú.

 

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