El tiempo y la cultura. Espectros para el futuro.

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Siempre he sentido fascinación por el tiempo, e imagino que es por eso por lo que me gusta la historia, la música, el cine y la fotografía. ¿Recuerdas ese mosquito atrapado en ámbar que trajo a los dinosaurios de vuelta a la vida en la película Jurassic Park? Esa misma imagen fue utilizada antes por un pensador francés que insufló espíritu a lo que vemos en pantalla, empezando por un estudio sobre el misterio de la fotografía. André Bazin explica cómo la fotografía preserva el pasado en su interesante artículo La Ontología de la imagen fotográfica:

Esas sombras grises o de color sepia, fantasmagóricas, casi ilegibles, no son ya los tradicionales retratos de familia, sino la presencia turbadora de vidas detenidas en su duración, liberadas de su destino, no por el prestigio del arte, sino en virtud de una mecánica impasible; porque la fotografía no crea –como el arte– la eternidad, sino que embalsama el tiempo; se limita a sustraerlo a su propia corrupción.
— André Bazin, La ontología de la imagen fotográfica.

Ese poder de viajar en el tiempo, de palpar momias embalsamadas que en otro momento hablaron y caminaron, fue lo que me lanzó al mundo del cine documental. En el artículo “Cine. El pasado atrapado en la luz” ya escribí sobre esa relación casi mágica entre el cine y el tiempo, pero no puedo dejar de hablar de la fotografía, esa otra forma de atrapar el tiempo que se convirtió hace tiempo en uno de los pilares de mis raíces culturales. La fotografía detiene el pasado, lo pone al alcance de tu hoy, pero… ¿Para qué?

Antes de comenzar a estudiar propiamente el cine, en mi segundo año en la Universidad, cursé la asignatura de Fotoperiodismo, donde conocí la obra de James Nachtwey. Sus fotografías me impresionaron y atacaron la posible indiferencia que podía esconderse en la vida de una estudiante universitaria. Aquellas vidas robadas al transcurso del tiempo y de la historia se hacían presentes en mi pequeña ciudad y me gritaban que aquellos eventos eran historias de conflictos a los que dábamos la espalda. Entonces estudiaba Periodismo: quería que el mundo supiera la verdad, que los ciudadanos pudieran ser verdaderamente libres al adueñarse de la realidad sin obstáculos. El periodismo, pensé en ese momento, cuenta historias a quien quiere escucharlas y yo… Yo quiero contar historias del mundo, de los hombres, a quienes no quieren escuchar, a quienes viven cómodos en su pequeño y resguardado mundo. A las fotografías de Nachtwey se unió la película de Hotel Rwanda, y fue entonces cuando decidí orientarme hacia el Cine y la Comunicación Audiovisual.

Han pasado diez años desde que vi por primera vez el documental sobre Nachtwey, War Photographer, y aunque no me dedico al mundo de la fotografía ni al cine, sigo convencida de que esa magia que hace presente el pasado a través de la cámara puede cambiar nuestro mundo. Volviendo al ejemplo de Jurassic Park, podemos entender la cultura también como una máquina del tiempo, que pone en nuestro ahora lo que fue para disfrutarlo, estudiarlo o –si es necesario– evitarlo. La película de aventuras, basada en la novela de ciencia ficción de Michael Crichton, no hace sino establecer un conflicto entre el presente, el pasado y el futuro. Dos personajes con visiones opuestas han de sobrevivir a un mismo peligro, uno opta por el avance y la tecnología, otro por el pasado y el conocimiento. (Si quieres ver un análisis de este conflicto en el guion de la película, te recomiendo vivamente este vídeo de Lessons from the Screenplay). Y aunque en el equilibro está la solución, mi batalla con Cult-Roots está en ese mirar al pasado para aprender de él. Yo quiero presentarte la fotografía, la reflexión que ha hecho la humanidad y que ha expresado a través de la cultura, para que tú cuentes con un primer mapa de coordenadas. Decía André Maurois que:

Nuestro espíritu está hecho de capas superpuestas, de las cuales la primera está formada por las creencias de la humanidad primitiva, la siguiente por las religiones asiáticas, griega y romana; la más rica, por el cristianismo, la más delgada por las ideas modernas sobre la estructura del universo. Todo esto constituye nuestro ser, todo esto se halla inscrito en nuestras obras de arte, en nuestros monumentos, en nuestras ceremonias, en nuestros pensamientos, y un hombre no se libera del pasado de la humanidad más de lo que se libera del propio cuerpo.
— André Maurois, Un arte de vivir.

El pasado está en nosotros, podemos volverlo presente a través de la reflexión, de la contemplación del arte, del diálogo. ¿Es, entonces, el pasado una carga de la que no podemos librarnos? ¿O es un escalón sobre el que apoyarse para continuar el camino? Han tenido que pasar diez años desde que vi War Photographer, hasta haber tenido la oportunidad de hacer una pregunta a James Nachtwey, una pregunta que, ahora comprendo, he estado rumiando con mi fascinación por la cultura. Hace unos meses tuve la oportunidad de compartir mesa y sobremesa con el fotógrafo que, además de una gran visión y sensibilidad, tiene una gran conversación y delicadeza. Y por fin conseguí preguntarle cómo, habiendo visto todo lo que ha visto, continúa teniendo fe y esperanza en la humanidad.

¿Su respuesta? Un ejemplo que sirve no solo para el fotoperiodismo, sino para tantas otras realidades. Y así como traduzco sus palabras a español, también las traduzco a mi propio ámbito de acción: la cultura. Y con la misma reverencia con la que habla de esas personas a las que fotografía, así me gustaría que todos trabajáramos y viéramos a quien tenemos al lado:

No puedes perder la esperanza, no es justo. Esa gente vive tan solo porque tiene esperanza en que el mañana traerá algo bueno, en que la guerra acabará, en que alguien llevará comida… Viven por esa esperanza, así que no puedes quitarles esa esperanza. Tienes que tener esperanza.

Su sincero y encarnado optimismo me dejó sin palabras, sobre todo cuando concluyó su explicación:

Un amigo me preguntó una vez que cuál era la velocidad del mal. Yo le contesté que es un nanosegundo más lento que la velocidad del bien. Y que es en ese nanosegundo donde tenemos que luchar cada día para que el mal no venza.

Tenemos el tiempo a nuestra disposición. En algunos casos lo embalsamamos para retenerlo, para impulsarnos, para darnos fuerza. La conversación con Natchwey giró en torno al fotoperiodismo, pero su esperanza abarcó también el tema de la juventud, de la educación, de la sensibilización frente al arte y de la conciencia social. Hay un tiempo que dejamos atrás, un tiempo pasado que necesitamos conocer y reconocer en nuestro hoy, ya que solo así podremos dar forma a ese tiempo que todavía está por llegar.   

 

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