Filosofía

Música, Arte vivo que pronto muere

  Músicos en la orquesta , Degas.

Músicos en la orquesta, Degas.

¡Qué extraña forma de arte es la música! No puedes coleccionarla, no puedes poseerla, no puedes tasarla. Se podría decir que la música es un arte generoso, un arte para los demás, un arte desinteresado y un tanto impersonal (por supuesto, estoy pensando en esa música que podemos llamar arte, no en la música que nace por un mero sentido comercial). Claramente hay compositores y cantantes famosos, obras que se han convertido en hitos, pero se puede pensar en la creación músical como una forma de arte más pura que otras, quizás por su extraña relación con el tiempo:

Un músico se sienta frente al piano o frente a una hoja de música, los sonidos empiezan a transformarse en signos visuales que permiten su futura reproducción… El artista crea sacando de él mismo un pedazo de tiempo y belleza, pero eso todavía no es música. Los puntitos esbozados en un rincón silencioso se convertirán en un instante compartido por cada intérprete y su audiencia. La música vivirá en un momento específico y conseguirá crear una experiencia singular e intensa, imposible de retener más que en el espíritu. Así, una creación de Mozart, por ejemplo, cobra vida en otro lugar y en otro tiempo cada vez que es interpretada.

  Amadeus , Milos Forman.

Amadeus, Milos Forman.

Creación pura, decía, ya que el artista -el compositor- parece actuar como instrumento al servicio del Arte, como el liberador de un extraño poder atrapado. Cuando una orquesta o un coro interpreta una obra, le da vida a ese arte y con la última nota, esa magia compartida y presente vuelve a morir. El compositor puso las piezas, los intérpretes le insuflaron vida y, como flor de heno, la Música florece para morir en un instante. Y esa breve vida consigue, en cierto modo, hermanar a todos los que la crearon. Compositor e intérpretes saben que su labor, en perfecta unión con la de los otros, dará lugar a esa magia de la que brotará el Arte y, con cierta humildad, comprobarán que la belleza de su música va más allá de la pericia y el arte de cada individuo. Cuando una interpretación concluye, talento y genio flotan en la sala durante unos segundos, hasta que el corazón se serena y reconoce estar lejos de eso que los grandes artistas intuyen, como apunta Schopenhauer al distinguir el talento del genio:

El talento es capaz de lograr lo que sobrepasa la capacidad de producción, pero no de aprehensión, de los demás: por eso enseguida encuentra quien lo aprecie. En cambio, la producción del genio no solo está por encima de la capacidad de producción sino también de la capacidad de aprehensión de los otros: de ahí que estos no se percaten inmediatamente de él. El talento se parece al tirador que da en un blanco que los demás no pueden acertar; el genio, al que da en uno que los demás no son siquiera capaces de ver: estos se enteran solo de forma mediata, o sea, tarde, e incluso no lo aceptan más que de buena fe.
— Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación.

El genio establece un diálogo con el arte, busca algo que se empeña en deslizarse y esconderse. Esa gran búsqueda del artista, del genio, otorga un sentido pleno al compositor y pone a quien lo escucha en una tensión entre su comprensión y su anhelo de percibir esas respuestas que los instrumentos parecen ofrecer. La música es el Arte del aquí, del ahora. ¡Qué abismo de diferencia entre un concierto en directo y una grabación! La música en directo se vive, no se escucha solamente, se ve y se siente. Un momento de coordinación de brazos, arcos, manos y miradas, respiraciones quedas y al unísono, vibraciones que golpean tímpanos y pechos. Un presente que se convierte en un diálogo en el que preguntas y respuestas se entrelazan sobre un pentagrama vivo, como trata de explicar Gustav Mahler:

¿Qué es lo que piensa dentro de nosotros? ¿Qué es lo que actúa dentro de nosotros...? ¡Qué curioso! Cuando escucho música, también cuando la dirijo, escucho respuestas muy precisas a todas mis preguntas, y todo me resulta entonces claro y evidente. O, más bien, lo que veo con claridad es que dejan de ser preguntas en absoluto”.
— Gustav Mahler, Carta, 1909.

Mahler componía, se hacía preguntas. Preguntas que se contestaban en ese presente de la música interpretada (la escuchada o la dirigida). Quien crea música parece vivir para Ella, para la forma de Arte que por abstracta es universal y dialoga con todas las lenguas del hombre y todos sus sentimientos. El músico persigue la perfección en la interpretación, no por seguir su creación, sino por evitar enmudecer esa voz que parece superior a él, esa voz que le trasciende y le llama a expresar lo inefable, lo silencioso, lo musical.

 

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Compartir el arte, vivir el arte

Bilbo checks his book Cult-Roots

  ¿Has querido compartir alguna vez tu libro o película favorita con un amigo enseñándole un fragmento, leyéndole un pasaje? La experiencia propia me dice que pocas veces consigues emocionar al otro. ¡Qué sensación de impotencia y fracaso provoca ese mostrar esa escena tan querida sin que al otro se le ponga la piel de gallina como a ti! Esa recepción que tan solo consigue indiferencia y prejuicio desaniman hasta al más entusiasta. ¿Por qué no ve lo que yo veo? ¿Por qué no vibra con lo que yo vibro?

  Nos encantan las citas, los clips de películas, los fragmentos de obras teatrales o musicales: el consumo rápido e instantáneo. Cada vez nos cuesta más mantener la atención durante periodos prolongados de tiempo, por lo que, a veces, intentamos captar y valorar una obra mediante un breve fragmento. Cuando un libro -o una película, o una ópera- nos captura, no es porque nos aporten un instante -o una serie de instantes- de disfrute, sino porque esa obra se ha convertido en una experiencia vivida, en un proceso que nos implica personal y totalmente. Un libro o una obra de arte pueden cambairte la vida, sí, pero tan solo si les permitimos permear hasta lo más hondo de nuestro ser.

  Suelo decir que la cultura es apasionante, pero lo es tan solo cuando la vivimos, la pensamos, la interiorizamos. El consumo de música, literatura, cine o arte es incapaz de mover nuestras pasiones profundas si es superficial, pero cuando lo acogemos con tiempo y apertura, puede llegar a los pliegues más hondos de nuestro ser, y puede remover nuestros cimientos. Ya Artistóteles hablaba de ese poder que tiene el arte -se refería específicamente a la tragedia- de sacudir nuestras emociones con fuerza provocando la catarsis. La recepción de una historia o de una obra bella puede cambiar nuestro corazón, puesto que la vivimos y la convertimos en una realidad íntíma a nosotros que afecta y educa nuestras emociones. He ahí el gran obstáculo para compartir la cultura con otra persona. Las grandes escenas y pasajes de las artes narrativas (literatura, cine, ópera y ballet) tienen un grado de maestría en sí, pero tan solo adoptan ese valor transformador dentro del contexto de la totalidad de la obra. Veámoslo con algún ejemplo.

  Al comienzo del segundo acto del ballet Giselle, hay una escena bellísima: la danza de las Willis. El cuerpo de baile se desliza por el escenario con cuidado, con precisión. Gestos contenidos, casi espirituales, en una atmósfera gótica, introducen al espectador en la fábula. Es una danza hermosa, oscura y misteriosa, sí; pero mayor fuerza transmiten esos espectros para quien ha seguido la historia de la joven Giselle y entiende que también ella bailará ahora así: tratando de abrazar al bebé que jamás tendrá por haber sido engañada y rechazada. Esa danza atraviesa el corazón y agita los afectos de quien ha sentido la indignación y la frustración con la protagonista.

  Del mismo modo, la confesión llena de agradecimiento de Frodo a Sam al pie del Monte del Destino solo arrancará una noble ilusión en quien haya acompañado a los dos hobbits desde la Comarca hasta las oscuras tierras de Mordor. Solo quien haya luchado por comprender a Frodo, corrompido por el Anillo, del mismo modo en que lo ha hecho Sam, solo quien haya sido testigo y protagonista de todo lo bueno y de todo lo malo, querrá también agradecer de corazón ese final de todas las cosas. También solo quien haya soñado con el futuro esperanzador de los niños del orfanato Fondo del Estanque, quien haya deseado crear en ellos una chispa de admiración hacia el bien, entenderá que los aviones de papel de los chicos del coro portaban mucho más que un adiós.

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  Piensa en las escenas u obras de arte que te facinan. Trata de explicar el porqué de tu ilusión. Descubrirás un proceso que tocó varios aspectos de tu intimidad, de tu historia personal ahí compartida. Esas escenas que arrancan lágrimas, encienden iras o hacen estallar en nosotros risotadas o suspiros, van tejidas con varias puntadas al fondo del corazón. La catarsis sorprende solo al valiente que, con humildad, se deja  vencer por una obra a la que dejó entrar hasta lo más profundo de su ser. La cultura es, entonces, apasionante y transformadora. La cultura vivida en primera persona, la cultura asimilada, pensada y amada, nos modela y nos transforma.

 

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El tesoro del lenguaje

Lady Writing a Letter with her Maid, Vermeer. Cult-Roots

    Me gustan las palabras precisas, sí. Me gustan porque se refieren a realidades precisas, con significados estables, con valores concretos. Y me gusta emplear las palabras con la intención de remitir al concepto al que se refieren, no como un modo de engañar, ni como simple decoración. Las palabras son, en cierto sentido, sagradas, puesto que tocan realidades que nos trascienden. Palabras, verdaderas maravillas, construcciones humanas que tratan de atrapar el más allá.

  Nacemos rodeados de lenguaje de un modo natural. Quizás no le damos ninguna importancia especial, sin embargo, nos esforzamos en que los niños lo aprendan y dominen en la medida de sus posibilidades. El lenguaje es una muestra del poder del hombre de conocer la realidad, de ponerse a su altura. Con gran naturalidad lo adquirimos, y con él, el pensamiento y la comprensión de la realidad, como descubrimos de mano de la criatura de Frankenstein, que aprende a hablar escondido en una cabaña: 

Poco a poco hice un descubrimiento de aún mayor importancia. Me di cuenta de que aquellos seres tenían un modo de comunicarse sus experiencias y sentimientos por medio de sonidos articulados. Observé que las palabras que utilizaban producían en los rostros de los oyentes alegría o dolor, sonrisas o tristeza. Esta sí que era una ciencia sobrehumana y deseaba familiarizarme con ella. Pero todos mis intentos a este respecto eran infructuosos. Hablaban con rapidez y las palabras que decían, al no tener relación aparente con los objetos tangibles, me impedían resolver el misterio de su significado.
Sin embargo, a base de grandes esfuerzos, y cuando ya había pasado en mi cobertizo varias lunas, aprendí el nombre de algunos de los objetos más familiares como fuego, leche, pan y leña. También aprendí los nombres de mis vecinos. La joven y su hermano tenían ambos varios nombres, pero el anciano sólo tenía uno, padre. A la muchacha la llamaban hermana o Agatha y al joven Félix, hermano o hijo. No puedo expresar la alegría que sentí cuándo comprendí las ideas correspondientes a estos sonidos y pude pronunciarlos.
— Frankenstein, Mary Shelley.

  ¡Qué gran tesoro es el lenguaje para el hombre! Es un don que se nos da, pero que hay que proteger con celo y arrojo. Custodiar un tesoro como el lenguaje requiere guardianes atentos a la falsificación y a la copia barata y hueca. Centinelas convencidos de que cada palabra remite a un aspecto del mundo que ya hemos dominado. Centinelas que no se dejen engatusar por quienes tratan de enriquecerse robando nuestro tesoro, forzando los significados hasta conseguir separar la palabra de su concepto. Esos ladrones se justifican diciendo que tan solo nos liberan de una convención, pero si se lo permitimos, tardaremos en descubrir que consiguieron desposeernos de la porción de realidad que habíamos ganado.

  Quien no vigila celosamente su lenguaje, su vocabulario, su gramática, su sintaxis, queda a la merced del viento, del ladrón y del asesino. Nietzsche apuntaba a este vínculo entre lenguaje y trascendencia, y buscaba asestarle una estacada mortal, ya que, en sus palabras:

mucho me temo que no conseguiremos librarnos de Dios mientras sigamos creyendo en la gramática…
— Nietzsche, El Ocaso de los Ídolos

Efectivamente, cuando las palabras dejan de tener significado, la realidad deja de existir, o se hace extremadamente confusa. Discutía hace poco sobre un texto que proponía una interpretación de una película desde una perspectiva objetivamente imposible. Me aventuré a defender que esa obra no trataba sobre el asunto en cuestión y que los argumentos esgrimidos para sostener dicha defensa no se cimentaban sobre la realidad de la película. Y ahí comenzó el duelo del lenguaje contestándome que toda interpretación era válida. La discusión continuó hasta llegar a afirmar que se podía interpretar un mismo texto desde una perspectiva y desde su opuesta con la misma validez. ¿Por qué? Porque "nada significa nada". ¡Me había topado con un verdadero ladrón de conceptos! Aceptar sus premisas suponía comprometer el lenguaje, que se convertiría en un juego absurdo, en un instrumento innecesario por encontrarnos cada uno en un mundo distinto e irreal. Y así, el tesoro del lenguaje termina empleándose como arma, como droga que aletarga.

 Joven artista recibe un consejo. Honoré Daumier.

Joven artista recibe un consejo. Honoré Daumier.

  Sin embargo, el guardián celoso también requiere audacia y arrojo. No basta proteger el lenguaje, hay que desarrollarlo, mostrarlo y compartirlo. El artista sabe que las palabras son peligrosas, sabe que contienen un gran poder y, a la vez, una gran limitación. ¡Cuánto tiempo dedica el poeta a buscar la palabra exacta! ¡Y cuánta frustración cuando esa palabra no es suficiente! El verdadero artista (aunque no trabaje con palabras) será siempre un buen guardián del tesoro, pues empeñará sus mejores fuerzas en llegar más allá, en dar con la palabra que exprese su ansia de algo mayor, en conseguir el trazo que copie la luz que quiere atrapar, en hallar la nota que exprese una emoción vivida. En esa búsqueda tenaz, el artista descubre su fracaso con humildad y experimenta la limitación del lenguaje. El artista sufre esa imposibilidad del hombre de poseer con plenitud lo que busca, se topa con lo inalcanzable, con lo inefable. Y en el silencio vencido vivirá, tratando de captar algún atisbo de eso que queda fuera del alcance de nuestro lenguaje, de aquello que trasciende al hombre. Vivirá protegiendo y cultivando lo conocido -lo bello, lo verdadero- y tratando de rozar ese más allá de la Belleza y la Verdad.

 

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Relato y espejo. Conocer al hombre en las historias

Psycho, Hitchcock.

  Sé lo que es un cormorán por un cuento que leí siendo niña. Conocí al dios Anubis y al faraón Akhenatón en páginas llenas de ilustraciones. Sé que el río Neva baña la ciudad de San Petersburgo porque caminé por su orilla acompañada de Dostoievsky. Durante mis años de colegio viajé a China, a Alaska, a la Tierra Media. También entendí lo que era un gueto con Spielberg y Schindler, aprendí algo de entomología con CSI y grité en el Coliseo con Russell Crowe. He visto muchas culturas y civilizaciones desde un párrafo impreso y desde unas imágenes en pantalla.

  Lo aprendido, lo leído y visto, forman una maraña densa que me permite mirar no solo desde mis ojos, sino desde los de otros. Frente al televisor que mostraba las luces violentas en la noche sobre Irak no estaba yo sola, Ana Frank gritaba en las páginas de un diario desplazado en el tiempo. Y mientras paseo en primavera y levanto los ojos a los árboles, Malick me devuelve la mirada y me habla del cuidado de un Dios que puso esa luz dorada capaz de atravesar el verde vivo de las hojas. Las gárgolas de las grandes catedrales parecen sonreir y cantar con discreción, como lo hacían en el París de Disney. Y siempre imagino que bajo alguna oveja que pasta en el campo se esconde algún hombre que huye de un gigante cíclope. Pero no solo la visión del mundo cambia por los libros que leemos o las películas que vemos, sino también la percepción del propio yo. ¡Cuánto dicen sobre nosotros los libros que leemos!

Mis libros (que no saben que yo existo) son tan parte de mí como ese rostro de sienes grises y de grises ojos que vanamente busco en los cristales.
— Jorge Luis Borges, El libro de arena.

  Efectivamente, en cada uno de nosotros hay varias capas hechas de eso que fríamente llamamos cultura, capas que permean hasta lo más hondo de nuestro ser y nos dan una base sobre la que construirnos y crecer, capas a las que me gusta llamar raíces culturales. Pero no quiero tratar ahora sobre cómo nos configura la cultura, sino sobre los relatos que funcionan como un espejo que refleja la imagen del hombre. Decía Stendhal que "una novela es un espejo que se pasea por un gran camino", un espejo con muchas facetas, que devuelve fragmentos de muchos hombres distintos, pero en el que cada uno puede verse reflejado. ¿Por qué continúan apelándonos las grandes obras del arte? ¿Qué encontramos aún hoy en los clásicos de la literatura y las grandes películas? Encontramos pequeños susurros, tímidos algunos y otros con seguridad y orgullo, susurros que proponen su personal respuesta a la pregunta "¿Quién soy?", o más bien "¿Quiénes somos?".

  C.S. Lewis, experto pensador de pluma y máquina, aseguraba que los artistas habían de ser gente profunda que hubiera pensado y rumiado la realidad, puesto que en sus obras, de las que muchos beberían, se trasluciría su visión del mundo y del hombre:

The great artist -or at all events the great literary artist- cannot be a man shallow either in his thoughts or his feelings. However improbable and abnormal a story he has chosen, it will, as we say, ‘come to life’ in his hands. The life to which it comes will be impregnated with all the wisdom, knowledge and experience the author has; and even more by something which I can only vaguely describe as the flavour or “feel” that actual life has for him. [...] And we may also—which is less important—expect to find in them [good literary inventions] many psychological truths and profound, at least profoundly felt, reflections.
— C.S. Lewis, An Experiment in Criticism.

  Muchas veces digo, en broma o en serio, que es complicado ser un buen humano, pero por suerte, contamos con historias que nos enseñan en qué consiste eso. Hay mil rincones de nuestra alma que tardaremos en conocer o en aceptar, y muchos se llenarán de claridad junto a un libro o una película. El efecto de un cormorán, de un faraón o un bombardeo en el corazón de una persona es una voz poderosa que hace estremeccer nuestros cimientos más profundos. ¡Cuánto nos ayudan en nuestro propio camino de la vida esas historias y relatos de los que nos nutrimos! ¡Cuánto nos explican sobre esos misterios y reacciones humanas que nos parecen inefables! Muchas veces una breve novela nos sumergirá hasta las profundidades del yo con mucha más potencia y claridad que manuales y manuales de psicología y filosofía.

 El principito de Saint-Exupery, un gran espejo del hombre.

El principito de Saint-Exupery, un gran espejo del hombre.

   Para alcanzar lo más valioso del hombre, las palabras parecen más eficaces cuando sugieren que cuando explican, cuando narran que cuando argumentan. Y las historias, con paciencia, conseguirán domesticarnos y hacernos más humanos si nos sentamos un poco lejos, observamos por el rabillo del ojo y guardamos silencio, ya que el lenguaje es fuente de malentendidos. Y a base de acercarnos a las historias, miraremos el cielo y la tierra con nuevos ojos. Y si seguimos las lecciones de un pequeño zorro, gracias a las historias, aprenderemos a mirar con el corazón y captaremos lo verdaderamente esencial del hombre y del mundo.

  Muchos aspectos de nuestro yo se han formado con palabras leídas, con historias grabadas a fuego en nuestra cabeza y en nuestro corazón. Podemos entender en momentos de duda gracias a esos relatos, a esas vidas ficticias y claras como la luz. Lo comprobamos cuando necesitamos largas explicaciones para poder compartir el dolor ante el adiós de un piloto y un niño de cabellos dorados. O cuando tratamos de convencer a alguien de que correr tanto en la vida es absurdo acudiendo a frías estadísticas y estudios sociológicos, cuando una niña llamado Momo puede logar que lo comprendas guardando silencio. Las historias son un reflejo del hombre, un reflejo del que no podemos prescindir.

 

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