El buen cine. Vidas de luz y sonido

la misión Cult-Roots

   Siempre explico que el cine tiene el poder fascinante de hacer visible lo invisible, de encarnar sentimientos y decisiones. "El personaje está enfadado", ¿en qué lo ves? "Siente celos", ¿en qué detalle de la película entiendes eso? Me resisto a hacer cinefórums porque normalmente, una buena película no requiere una pregunta externa que interpele al espectador. ¿Qué hace que una película sea buena? Hay muchos factores, pero lo que es seguro es que las buenas películas plantean preguntas ellas mismas, y normalmente lo hacen en silencio.

  Hace años dirigí un cinefórum. La idea planteada era hablar de compromiso a los ideales a raíz de la película Amazing Grace. Decidí cambiar el funcionamiento de la sesión, empezando por el título de la actividad: no haríamos un cinefórum, sino una actividad para aprender a ver cine. No dejé a un lado la temática que se deseaba tratar, pero la traje a colación a raíz de esa magia cinematográfica que supone el encarnar las historias. ¿Qué hace avanzar un relato? Hay historias construidas sobre acciones, otras sobre personajes, pero en ambas la trama se levanta sobre las decisiones del protagonista. Cuando uno estudia los rudimentos de la escritura de guiones, trata sobre conflictos, decisiones, resoluciones, obstáculos... Un detonante pone una situación frente a un personaje, situación que propone una disyuntiva. El personaje se convertirá en el héroe cuando identifique que ha sido llamado a una misión y la acepte. Frodo podía haber escondido el anillo, fin de la película. Wall-E podía haber asumido que la marcha de Eva de la tierra era algo inevitable y entonces habría regresado a sus pilas de basura. Y el protagonista de Amazing Grace podía haberse quejado de la injusticia cometida hacia los esclavos en su blog personal, fin del conflicto. Pero no, se involucran de forma más o menos consciente y se embarcan en una misión.

El personaje de  Tiburón  ( Jaws , Spielberg, 1975) decide actuar y enfrentarse a sus miedos con un beso.

El personaje de Tiburón (Jaws, Spielberg, 1975) decide actuar y enfrentarse a sus miedos con un beso.

  Compromiso con la misión recibida, ¿en qué se manifiesta? En las decisiones tomadas que se convierten en acciones. Este es el principio de cualquier actuar humano: la persona se dirige a un fin, sopesa las distintas opciones para alcanzarlo, elige la mejor y decide llevarla a cabo. En el buen cine todos esos elementos se nos muestran de forma sutil, igual a como sucede en nuestras vidas. La elección va por dentro, la decisión tiene efecto fuera. ¡Qué gran frustración siente el cinéfilo cuando la película no sabe traducir el conflicto interno en acciones externas y recurre a discursos obvios o grandilocuentes! El hombre comprometido, el héroe que da la vida para alcanzar la felicidad en su misión, jamás expondrá sus miedos en un monólogo bajo la lluvia, ni compartirá sus resoluciones con su mascota.

People don’t always express their inner thoughts to one another; a conversation may be quite trivial, but often the eyes will reveal what a person really thinks or feels.
— Alfred Hitchcock

  Las buenas obras del cine aprovechan su lenguaje propio, no son novelas en movimiento, son tiempo y luz. Hace poco fui a una conferencia sobre cine impartida por una filóloga que no dejaba de afirmar que los teóricos del cine han olvidado el sonido y el diálogo. ¡Nada más lejos de la realidad! El buen crítico, el buen cineasta, el buen profesor, están convencidos de que en la pantalla se encarnan las historias. El cine construye con formas, colores, sonidos y música, diálogos y silencio. Con luz y tiempo. Un zoom hace que un anillo se vuelva inmenso, las voces se alejan y la música y el sonido crecen. Ese anillo se ha convertido en una misión personal, la elección ha tardado un rato, los segundos del zoom, y la decisión es firme aunque todavía tímida: "Yo iré". Un oboe asustado recupera su voz en la selva. Melodía asustada y temblorosa, hay obstáculos y dudas en la elección, pero que continúa cogiendo fuerza y dando carne a la libertad de un misionero. Un niño juega en la noche con su padre, en silencio. Una cara amorosa que busca asustar al hombre le devuelve el valor para lanzarse al mar y atrapar a la enorme criatura. Las mandíbulas del tiburón son terroríficas, los dientes de leche del hijo tienen más fuerza. Y el hombre se lanza al mar sin verbalizar sus miedos ni gritar sus decisiones.

Movimiento de cámara, diseño de sonido y música para dar vida a un acto de elección.

  El cine nos enseña a ser más humanos y menos monigotes. Bueno, solo el buen cine lo hace. Esas películas trazan con delicadeza los senderos de la libertad humana. Miradas que descubren miedos, canciones que trenzan dudas y respuestas, sonidos que conducen al yo a lo más íntimo y lo aislan del mundo, gestos que gritan desesperanzas. El cine, el buen cine, nos asoma al alma humana y nos facilita el poder hacerlo en el día a día. Veía hace poco una entrevista para The Guardian a Jeff Nichols, director de la película Loving, en la que reconocía su intención de dejar espacio al espectador para observar y descubrir el fondo del hombre tras un rostro:

Vivimos en un tiempo en el que el público ha sido educado en la narración visual, y existe la idea errónea de que la narración comienza cuando las personas empiezan a hablar. No es verdad, no lo creo. Cuando las personas entran en la escena, es cuando comienza la historia. Los personajes entran en la habitación con un comportamiento. Y cuando agregas a otra persona, eso se complica. Y el público es tan bueno mirando las caras de las personas y diciendo “¿Es un buen tipo? ¿Es un tipo malo? ¿Cómo están relacionados el uno con el otro? “... Es una herramienta realmente fascinante como cineasta, solo tienes que ejercitarla.
— Jeff Nichols, Entrevista para The Guardian.

  El buen cine confía en esa capacidad que tenemos de captar lo esencial en pequeños detalles. El mal cine piensa que todo ha de ser evidente, que todo ha de contarse y explicitarse. ¡Qué poco humano es ese manoseo de emociones, intimidades y libertades que encontramos tantas veces en la pantalla! Y a la vez, ¡cuánta fuerza tiene ese manoseo que parace ir convirtiéndose en el actuar normal fuera de pantalla! Discursos postizos pasan a las bocas de nuestros amigos, gestos esperpénticos significan un "te quiero" en nuestra sociedad, grandes lágrimas y gemidos quieren significar dolor. Exageraciones inventadas en malos relatos se convierten en realidades, como ciudades de papel que afectan desde la ficción al mundo real.

  Las películas nos educan, limpian nuestras gafas y enseñan a mirar el mundo y al hombre. ¡Qué ingenuidad pensar que el entretenimiento no afecta a lo radical del hombre! Lo que decidimos ver en pantalla nos dará ojos nuevos, más finos o velados por las cataratas. Aprender a ver decisiones y elecciones sin palabras es una lección valiosa.

 

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Relato y espejo. Conocer al hombre en las historias

Psycho, Hitchcock.

  Sé lo que es un cormorán por un cuento que leí siendo niña. Conocí al dios Anubis y al faraón Akhenatón en páginas llenas de ilustraciones. Sé que el río Neva baña la ciudad de San Petersburgo porque caminé por su orilla acompañada de Dostoievsky. Durante mis años de colegio viajé a China, a Alaska, a la Tierra Media. También entendí lo que era un gueto con Spielberg y Schindler, aprendí algo de entomología con CSI y grité en el Coliseo con Russell Crowe. He visto muchas culturas y civilizaciones desde un párrafo impreso y desde unas imágenes en pantalla.

  Lo aprendido, lo leído y visto, forman una maraña densa que me permite mirar no solo desde mis ojos, sino desde los de otros. Frente al televisor que mostraba las luces violentas en la noche sobre Irak no estaba yo sola, Ana Frank gritaba en las páginas de un diario desplazado en el tiempo. Y mientras paseo en primavera y levanto los ojos a los árboles, Malick me devuelve la mirada y me habla del cuidado de un Dios que puso esa luz dorada capaz de atravesar el verde vivo de las hojas. Las gárgolas de las grandes catedrales parecen sonreir y cantar con discreción, como lo hacían en el París de Disney. Y siempre imagino que bajo alguna oveja que pasta en el campo se esconde algún hombre que huye de un gigante cíclope. Pero no solo la visión del mundo cambia por los libros que leemos o las películas que vemos, sino también la percepción del propio yo. ¡Cuánto dicen sobre nosotros los libros que leemos!

Mis libros (que no saben que yo existo) son tan parte de mí como ese rostro de sienes grises y de grises ojos que vanamente busco en los cristales.
— Jorge Luis Borges, El libro de arena.

  Efectivamente, en cada uno de nosotros hay varias capas hechas de eso que fríamente llamamos cultura, capas que permean hasta lo más hondo de nuestro ser y nos dan una base sobre la que construirnos y crecer, capas a las que me gusta llamar raíces culturales. Pero no quiero tratar ahora sobre cómo nos configura la cultura, sino sobre los relatos que funcionan como un espejo que refleja la imagen del hombre. Decía Stendhal que "una novela es un espejo que se pasea por un gran camino", un espejo con muchas facetas, que devuelve fragmentos de muchos hombres distintos, pero en el que cada uno puede verse reflejado. ¿Por qué continúan apelándonos las grandes obras del arte? ¿Qué encontramos aún hoy en los clásicos de la literatura y las grandes películas? Encontramos pequeños susurros, tímidos algunos y otros con seguridad y orgullo, susurros que proponen su personal respuesta a la pregunta "¿Quién soy?", o más bien "¿Quiénes somos?".

  C.S. Lewis, experto pensador de pluma y máquina, aseguraba que los artistas habían de ser gente profunda que hubiera pensado y rumiado la realidad, puesto que en sus obras, de las que muchos beberían, se trasluciría su visión del mundo y del hombre:

The great artist -or at all events the great literary artist- cannot be a man shallow either in his thoughts or his feelings. However improbable and abnormal a story he has chosen, it will, as we say, ‘come to life’ in his hands. The life to which it comes will be impregnated with all the wisdom, knowledge and experience the author has; and even more by something which I can only vaguely describe as the flavour or “feel” that actual life has for him. [...] And we may also—which is less important—expect to find in them [good literary inventions] many psychological truths and profound, at least profoundly felt, reflections.
— C.S. Lewis, An Experiment in Criticism.

  Muchas veces digo, en broma o en serio, que es complicado ser un buen humano, pero por suerte, contamos con historias que nos enseñan en qué consiste eso. Hay mil rincones de nuestra alma que tardaremos en conocer o en aceptar, y muchos se llenarán de claridad junto a un libro o una película. El efecto de un cormorán, de un faraón o un bombardeo en el corazón de una persona es una voz poderosa que hace estremeccer nuestros cimientos más profundos. ¡Cuánto nos ayudan en nuestro propio camino de la vida esas historias y relatos de los que nos nutrimos! ¡Cuánto nos explican sobre esos misterios y reacciones humanas que nos parecen inefables! Muchas veces una breve novela nos sumergirá hasta las profundidades del yo con mucha más potencia y claridad que manuales y manuales de psicología y filosofía.

El principito de Saint-Exupery, un gran espejo del hombre.

El principito de Saint-Exupery, un gran espejo del hombre.

   Para alcanzar lo más valioso del hombre, las palabras parecen más eficaces cuando sugieren que cuando explican, cuando narran que cuando argumentan. Y las historias, con paciencia, conseguirán domesticarnos y hacernos más humanos si nos sentamos un poco lejos, observamos por el rabillo del ojo y guardamos silencio, ya que el lenguaje es fuente de malentendidos. Y a base de acercarnos a las historias, miraremos el cielo y la tierra con nuevos ojos. Y si seguimos las lecciones de un pequeño zorro, gracias a las historias, aprenderemos a mirar con el corazón y captaremos lo verdaderamente esencial del hombre y del mundo.

  Muchos aspectos de nuestro yo se han formado con palabras leídas, con historias grabadas a fuego en nuestra cabeza y en nuestro corazón. Podemos entender en momentos de duda gracias a esos relatos, a esas vidas ficticias y claras como la luz. Lo comprobamos cuando necesitamos largas explicaciones para poder compartir el dolor ante el adiós de un piloto y un niño de cabellos dorados. O cuando tratamos de convencer a alguien de que correr tanto en la vida es absurdo acudiendo a frías estadísticas y estudios sociológicos, cuando una niña llamado Momo puede logar que lo comprendas guardando silencio. Las historias son un reflejo del hombre, un reflejo del que no podemos prescindir.

 

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Cine. El pasado atrapado en la luz.

El espíritu de la colmena, Erice. Cult-Roots

  Este artículo de Álvaro Abellán en Dialogical Creativity sobre las lecciones de cine de Tarkovski llegó a mi mail hace tiempo y ha avanzado hasta una región profunda y olvidada de mi interior. Cine y tiempo. Las reflexiones del cineasta ruso han levantado una costra de tedio académico hasta tocar carne viva, hasta tocar la fibra sensible de mi pasión por el cine. Tras páginas y páginas que piensan y repiensan sobre esta forma de arte, la chispa primera de amor quedó desdibujada, cayó en el olvido. Pero, por suerte, pasado un tiempo prudencial, dos palabras -cine, tiempo- han soplado sobre aquel rescoldo, avivando un poco el calor olvidado. Hay por ahí una tesis y algunos artículos, aquello sepultó parcialmente las brasas bajo capas y capas de citas y rigorismos académicos. Como en Pompeya, trato ahora de quitar la roca, de volver a dar vida al cuerpo que una vez corría gritando de emoción.

  Me apasiona el cine, me mueve a viajar entre tiempos pasados y sueños futuros. Recuerdo haber vibrado en la infancia con las buenas historias de la pantalla, recuerdo películas vistas a escondidas en mi adolescencia y, ante todo, tengo clavadas en mí esas horas de cine clásico durante el primer año de mis estudios de doctorado. Cuando empecé a barajar la posibilidad de hacer una tesis, dos palabras pugnaban por mi estudio y mi interés: tiempo y relato. ¿De dónde nacen las buenas historias? ¿Qué semillas literarias han dado infinitos frutos en diversas formas? ¿Qué hace que un relato sea bueno? La curiosidad intelectual por la lectura y el cine habían disparado mi ilusión por buscar esas respuestas teóricas, sin embargo un pequeño afán de coleccionista me lanzó a la búsqueda del tiempo. Una postal con una fotografía antigua despertó mi imaginación y bajo las mil historias que creé, permanecía una inquietud: esas personas de la imagen existieron y ya no existen más. Esas personas me miran desde el pasado y yo las conservo congeladas en mi escritorio.

  Fotografía y tiempo, cine y tiempo. En mi adolescencia quedó impresa en mi mente una escena de El club de los poetas muertos: unos jóvenes observan las viejas fotografías de los antiguos alumnos de su escuela. "Seize the day, boys", susurra su profesor en la voz de esos espectros que nos devuelven la mirada a través de una placa fotográfica. No sé si aquel profesor o aquellos chavales leerían a André Bazin, pero la imagen arrancada al correr del tiempo, la imagen embalsamada de la que habla el crítico francés, lanzó sus hilos y atrapó al artista de la promoción. La fotografía y el cine tienen poder de eternidad, el cine pensado camina en la estrecha y decisiva línea que separa el hoy del ayer y del mañana: "Make your lives extraordinary!".

   Por primera vez en la historia del arte y de la cultura, el ser humano encontró el modo de fijar el tiempo de manera inmediata, consiguiendo a la vez reproducir, cuantas veces desease, ese instante sobre la pantalla, es decir, volver a él». Con el cine, el cambio se momifica y la oportunidad de volver a ese tiempo pasado deja una honda huella en el alma. Si has visto las películas de Chaplin y consideras al cómico como un amigo, sufrirás al asomarte a Candilejas. Esa película juega con distintos tiempos, no en la narración, sino en el contexto del espectador. Chaplin da vida a un payaso que ya no divierte, y llora por aquel pasado en que la gente reía con él. Nosotros vemos más allá de la ficción y lloramos porque Chaplin dejó atrás esos momentos de gloria del cine mudo. Una melancolía desgarradora sale de la pantalla y busca arrancar las manillas del reloj, para devolverlas a un ayer desaprovechado. No solo el cine documental, que juega con la imagen conociendo ese poder de confundir y reunir en un punto (el corazón del espectador) todos los hilos temporales, consigue crear nudos imposibles de deshacer.

El pasado atrapado y gritando desde la pantalla de cine en  Candilejas  de Chaplin.

El pasado atrapado y gritando desde la pantalla de cine en Candilejas de Chaplin.

  Esa lucha entre tiempos fue el elemento que secuestro mi fascinación al descubrir la obra de Alan Berliner y al conocerle en persona. Sé que casi nadie de quienes lean esto sabrán quién es Berliner, y muy pocos veréis una de sus películas documentales, pero son una maravilla en la que el arte, la música, los recuerdos y el fluir temporal luchan en cada corte, en cada imagen antigua, en cada nexo creado. Sus películas me lanzaban a escribir y pensar sobre el cine, sobre la memoria, sobre esos fantasmas que nos observan desde la pantalla y que también veía Gómez de la Serna:

Los que van al cine se alimentan de fantasmas pasados por la luz.
— Gómez de la Serna, Greguerías.

  El cine revive fantasmas del pasado. Les da nueva carne, nueva vida. Muertos vivientes paseando por las calles, vivos con años de tierra sobre ellos. Y si, como Orfeo, uno intenta rescatar a seres de la otra orilla del río de luz y tiempo, fracasa. Pasado, presente y futuro se entremezclan, elevando al espectador confiado a esa zona de incertidumbre y eternidad que llena de tristeza o da alas de esperanza. El cine no es sólo un entretenimiento, es un viaje por el tiempo, es una aventura peligrosa.

 

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Diálogo y conversación. Cultura del pasado, tarea del presente

Conference at night. Edward Hopper, 1952.

Conference at night. Edward Hopper, 1952.

  Nuestras raíces proyectan largas sombras del pasado sobre nuestra identidad presente. La cultura, esas huellas impresas en el tiempo por personas, sucesos y decisiones del pasado, es el cimiento sobre el que construímos nuestro presente y, por eso, es el centro de atención de Cult-Roots. "¿Por qué tanta cultura? ¿Qué importancia tiene eso ahora? ¡Hay cosas del hoy que requieren nuestra atención!", podría exclamar el lector de estos artículos. La cultura, es cierto, no ha de convertirse en fin, pero es importante reconocer su valor como medio para construir una vida plena para uno mismo y para la sociedad. Identidad personal y pasado cultural, sí, pero también cultura del pasado, tarea del presente.

  La cultura no es solo un conglomerado de datos o experiencias del pasado, es un gran modo de acercarse a los intentos de millones de personas por comprender ese misterio que es el alma humana. Las preguntas que estructuran esta web (¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy?) resuenan con un eco de millones de voces. Esa búsqueda del sentido mira tanto al ayer, como al hoy y al mañana. La cultura no brinda soluciones, ni respuestas a todos esos interrogantes todavía vivos en el hombre, pero ofrece experiencias acumuladas que toca a cada uno considerar. Escuchar esas voces del pasado es uno de los modos que tenemos de cultivar nuestro espíritu, tarea de gran relevancia, ya que

Nuestro espíritu, como nuestro cuerpo, requiere un ejercicio continuado, se atrofia si no lo cultivamos.
— Igor Stravinsky, Poética Musical.

  Pero ese ejercicio no sería de provecho si se limitara a un simple consumo. El que acumula contenidos del pasado, con afán de coleccionista o falso erudito, no hace mas que comer sin alimentarse. Y para hacer nuestra esa sabiduría pasada es necesario absorberla, meditarla, vivirla. Solo así, dará lugar a un saber profundo de lo que es el hombre, de lo que ha de hacer, conformándose en una verdadera cultura humanista al servicio de las inquietudes presentes y los proyectos y retos futuros. "El hombre es hijo de su pasado mas no su esclavo, y es padre de su porvenir”, afirmaba Viktor Frankl. La cultura nos conforma, está en nuestras raíces personales, pero no nos determina; y por eso decía Baltasar Gracián que

Sobre los favores de la naturaleza asienta bien la cultura, digo la estudiosidad y el continuo trato con los sabios, ya muertos, en sus libros; ya vivos, en su conversación; la experiencia fiel, la observación juiciosa, el manejo de materias sublimes, la variedad de empleos; todas estas cosas vienen a sacar un hombre consumado, varón hecho y perfecto; y conócese en lo acertado de su juicio, en lo sazonado de su gusto; habla con atención, obra con detención; sabio en dichos, cuerdo en hechos, centro de toda perfección.
— Baltasar Gracián, El discreto.

  El trato con los muertos a través de sus libros ya ha sido tratado aquí en varios artículos (al tratar de los autores con quienes labraríamos amistad o al hablar de un flujo de conocimientos que supera la barrera temporal), dejando un amplio vacío sobre esa otra etapa de la que habla Gracián, del trato con los vivos. Sí, el espíritu creador necesita del amigo, pero cualquier hombre, para que crezca, requiere de la escucha atenta y el diálogo profundo. Ese baile de palabras, brotadas del espíritu y protegidas por la gramática, se convierten en un impulso amable que conduce -de nuevo- a esas preguntas universales.

Es el hablar atajo único para el saber: hablando los sabios engendran otros, y por la conversación se conduce al ánimo la sabiduría dulcemente. [...] De suerte que es la noble conversación hija del discurso, madre del saber, desahogo del alma, comercio de los corazones, vínculo de la amistad, pasto del contento y ocupación de personas.
— Baltasar Gracián, El criticón.

  La buena conversación ayuda al desarrollo de las propias ideas, a sembrar nuevos brotes que hacen más hermoso el propio espíritu y a dar frutos provechosos para todas las partes implicadas. Las grandes generaciones de literatos o artistas solían frecuentar ambientes que propiciaban el intercambio constante -más o menos formal- de ideas elaboradas y compartidas. El diálogo sincero descubre, en muchas ocasiones, maravillosas luces que no habrían sido alcanzadas ni elaboradas en soledad.

Hemingway en la librería parisina Shakespeare & Co.

Hemingway en la librería parisina Shakespeare & Co.

  Escuchar, asomarse al mundo desde la mirada del otro. Eso a lo que un amor por la literatura y el cine ya nos predispone, tiñe el espíritu con los colores propios de la humanidad. Y así como David Copperfield puede abrirme al mundo de un huérfano, una conversación con quien ha perdido a sus padres arroja luces y sombras más densas en el interior del propio corazón. Dice C.S. Lewis, en boca de un viejo demonio con gran experiencia tentadora, que

The Present is the point at which time touches eternity. Of the present moment, and of it only, humans have an experience analogous to the experience which our Enemy has of reality as a whole; in it alone freedom and actuality are offered to them.
— C.S. Lewis, The Screwtape Letters.

  El presente es lo más real que tenemos. En el hoy decidimos actuar de forma más humana, en el ahora unimos nuestro bagaje cultural a nuestras aspiraciones futuras. Y para llevar la contraria al viejo Escrutopo, y no acabar sirviéndole de alimento, hemos de nutrirnos del pasado, impulsarnos con el futuro y agarrar el hoy con decisión. La cultura nos hace más humanos, la cultura está en mi identidad, pero aceptarla y aprovecharla es tarea del presente y, como me confiaba en una conversación James Nachtwey, en el ahora, en tan solo un nanosegundo, mi elección y actuación puede mover el mundo.

 

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