My Cult-Roots. El Señor de los anillos

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Empecemos por el principio, porque todas las historias tienen un principio y nuestras raíces son ese principio que sostiene el árbol de nuestra historia. Tranquilos, no voy a comenzar por la raíz más honda, por las obras que están en la base más profunda de mi ser, sino por una raíz que sobresalía de mi tierra y que, por eso, me hizo descubrir cuánto influye la cultura en nuestra vida. Una raíz evidente y visible, pero que tan solo identifiqué como sustento de mi historia pasados los años. Por visible, quizás no se trate del fundamento más profundo, ni antiguo, pero reconozco que la trilogía cinematográfica de El Señor de los Anillos trazó nuevas vetas en mi vida.

Creo recordar que fui al cine con mi padre cuando se estrenó la Comunidad del Anillo. No conocía a Tolkien, no había leído sus libros y tampoco entonces tenía un gusto especial por el cine. Pero aquella historia caló hasta los últimos pliegues de mi ser. Me cautivaron aquellos seres pequeños y discretos con un valor tan grande como para atreverse a tomar el camino que conduce a la mirada más oscura. Frodo era un joven de vida tranquila y casa cómoda, pero de sueños inmensos. Un hobbit acostumbrado a historias asombrosas, a deseos de plenitud y amigos de radiante nobleza.

Salí de aquel cine con anhelos de conocer el final de aquella aventura. Quería saber en qué quedaban los consejos del sabio mentor caído en el abismo de fuego, me impacientaba poder rescatar a los amigos bienhumorados que tras traición y redención habían madurado en brazos del enemigo. Pero ante todo, quería acompañar a Sam, el amigo más leal que jamás había conocido. Compré y devoré los libros, me refugié bajo las raíces de los árboles de la Comarca y de Lorien, navegué el mundo y las descripciones de Tolkien, cabalgué velozmente hasta el final de la leyenda. La Tierra Media se extendía en la estepa de mi mundo adolescente, llenando de luces, sombras y humanos los campos de viñedos silenciosos y sin perspectiva. Fue la primera vez que proyecté una imagen mía, como un pequeño hobbit ordinario con, quizás, alguna misión por descubrir y emprender.

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El mundo de Tolkien se hacía demasiado real, y en cierta manera, no hacía más que ofrecer una ventana a ciertos aspectos de mi mismo mundo que todavía no había conocido. Tolkien ofrece capas densas de realidad, como recoge James V. Schall en su capítulo “On the Reality of Fantasy” en el genial libro sobre Tolkien compilado por Joseph Pearce:

Tolkien, no doubt is full of elves, hobbits, dwarves, and all sorts of awesome races of beings. Yet, I could not help but think that to assign Tolkien to the category of mere ‘Fantasy’ somehow missed the essence of what he was about. I have always found in reading Tolkien a certain doom or dread strangely combined with a certain joy and exhilaration, precisely because he was talking about something very real, about the way this, yes, fantastic world really is.
— James V. Schall, On the Reality of Fantasy.

Ciertamente el mundo de Tolkien era un mundo verdadero, pero no fueron los libros los que se convirtieron en esa raíz externa y evidente de mi historia. Tolkien caló en mis gustos, en mis lecturas, en mi modo de enfrentarme a la vida y la amistad, a la misión y al mal: cosas profundas, labradas y analizadas con tiempo. Sin embargo, tras ese primer terremoto cultural de mi adolescencia, vino una fuerte sacudida externa en modo cinematográfico. Peter Jackson había dado vida a la Tierra Media y yo quedé fascinada por esa construcción de sueños. Y es que no solo salí de aquella sala de cine queriendo comprar las obras de Tolkien, sino que comencé mi pequeña colección el cómo de aquella creación: Un libro sobre el making of de la trilogía, libros sobre la dirección artística de las películas, DVDs con horas interminables de entrevistas a los creadores, de escenas de rodajes… Conocía todos los secretos de la mentira que hacía real la Tierra Media y aquello me atrapó como una forma de arte por descubrir.

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Pasé mi adolescencia frente a la pantalla de televisión. Veía una y otra vez las películas y series que más me gustaban. Hablaba sobre cine con mi padre, veíamos documentales sobre los temas que más me habían interesado de las ficciones cinematográficas: cine histórico, cine bélico. La fantasía saltaba del libro a la pantalla, y de nuevo al libro. Las ficciones salían de la pantalla y se introducían en mis CDs llenos de composiciones de bandas sonoras. Y estando en la Universidad, comenzando mis estudios de Periodismo, me tropecé con aquella raíz que había ido saliendo a la superficie, apartando otros asuntos y marcando un sendero. Me gustaba la Verdad, sí, por eso decidí estudiar Periodismo. Pero al mirar hacia atrás y hacia dentro, me percaté de que me gustaba mucho más esa mentira que creaba mundos reales. Me fascinaba el cine, sus mundos, su construcción, sus historias. Al igual que los ents de Jackson, también yo quería cuidar los árboles de mi alrededor; no usándolos como instrumentos, sino contándoles historias que hicieran más profundas y robustas sus raíces. Así que decidí dejar el Periodismo y estudiar Comunicación Audiovisual. Y la esa raíz no ha hecho más que crecer y crecer, ya que después de la carrera vino el doctorado… ¿Especialidad? ¡Cine!

Con Tolkien descubrí que todos querríamos ser un buen hobbit, un buen hombre, un buen elfo… Descubrí que las historias no hablaban de otros mundos, sino del nuestro. Con Jackson aprendí que esos mundos pueden llegar a través de varios sentidos, dilatando nuestras pupilas y haciendo vibrar nuestros corazones.

 

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